Tú no tienes que elegir a nadie.
—Yo sí te quiero.
Elena le apretó la mano.
—Y yo a ti.
Aquella noche, durante la cena, nadie habló del conflicto.
Al día siguiente, Marcos encontró a Elena tomando café en la terraza.
—No dormí —dijo.
Ella señaló una silla.
Se sentó.
—He estado pensando en papá.
Elena no respondió.
—Si él estuviera aquí, estaría avergonzado de mí.
—Tu padre no está aquí para decirte qué pensaría.
Marcos asintió.
—Yo sí estoy avergonzado.
Por primera vez sonó sincero.
—Acepté demasiado dinero de ti —continuó—.
Y luego actué como si pagar te diera menos derecho a opinar, cuando en realidad debería haber hecho exactamente lo contrario.
Elena miró el mar.
—No quiero que me devuelvas cada peso mañana.
Marcos la observó sorprendido.
—Pero sí quiero algo.
—Lo que sea.
—Nunca más me pidas dinero usando a los niños o la palabra familia como argumento.
Marcos bajó la mirada.
—Entendido.
—Y quiero que hagamos un plan para que me devuelvas una parte del viaje.
No porque necesite castigarte.
Porque necesito que recuerdes que esto tuvo un costo.
Él asintió.
—Lo haré.
—También quiero que hables con tus hijos y les digas que mentiste sobre mi enfermedad.
—Sí.
—Sin culpar a Verónica.
Marcos respiró hondo.
—Eso será más difícil.
—Precisamente por eso debes hacerlo.
La conversación con Verónica ocurrió dos noches después.
Fue ella quien buscó a Elena.
La encontró sola junto a la piscina.
—Sé que me odias —dijo.
Elena negó con la cabeza.
—No te odio.
—¿Después de todo esto?
—Estar enojada no es lo mismo que odiar.
Verónica se sentó enfrente.
Durante unos segundos solo se escuchó el agua.
—Mis padres nunca tuvieron dinero para viajar cuando yo era niña —dijo finalmente—.
Cuando vi esta oportunidad pensé que podía incluirlos.
—Podías preguntarme.
—Sabía que dirías que no.
—Entonces ya sabías que estaba mal hacerlo sin permiso.
Verónica apretó la mandíbula.
—Sentía que siempre eras tú.
Tus recuerdos con Marcos.
Tus tradiciones.
La forma en que los niños corren a abrazarte.
Quería una semana con mi familia sin sentir que tenía que compartir todo.
Elena la observó.
Por fin había una motivación real debajo de la crueldad: inseguridad, control, competencia.
No la justificaba.
Pero la hacía comprensible.
—No tienes que quitarme un lugar para construir el tuyo —dijo Elena.
Verónica miró hacia la casa.
—Lo sé ahora.
—Espero que sí.
—¿Podrás perdonarme?
Elena tardó en responder.
—Tal vez.
Pero perdonar no significa volver a entregarte mi tarjeta ni fingir que esto nunca pasó.
Verónica asintió.
—Lo entiendo.
La última tarde, fueron todos a ver el atardecer desde una playa tranquila.
Tomás construía un castillo de arena.
Sofía recogía conchas.
Marcos ayudaba a los niños sin mirar el teléfono.
Verónica permaneció a cierta distancia, más callada de lo habitual.
Elena llevaba puesta la pulsera azul.
Mientras el cielo se volvía naranja, Sofía se sentó a su lado.
—Abuela, ¿extrañas el piano?
Elena la miró sorprendida.
Marcos se lo había contado.
—Sí.
—Papá dijo que era del abuelo.
—Lo era.
La niña tomó una concha blanca y la colocó en la palma de Elena.
—Entonces cuando regresemos voy a aprender piano y algún día te tocaré una canción del abuelo.
Elena cerró los dedos alrededor de la concha.
Sintió lágrimas, pero esta vez no intentó