Elena Salgado vendió el piano de su esposo muerto para pagar unas vacaciones familiares que, según su hijo, iban a reunirlos de nuevo.
La noche antes del vuelo descubrió que ella ya no estaba invitada.
A las 10:47 p.
m., su maleta permanecía abierta sobre la cama.
Dentro había tres vestidos de lino, unas sandalias nuevas y una blusa color coral que su nieta Sofía había elegido para ella una semana antes.
—Esa te queda bonita, abuela.
Pareces feliz —le había dicho la niña.
Elena había sonreído.
Hacía tiempo que no se sentía así.
Desde la muerte de Ernesto, dos años atrás, la casa había adquirido un silencio que parecía tener peso.
Él había sido quien llenaba las mañanas de música, quien preparaba café demasiado fuerte y quien insistía en llamar a Marcos todos los domingos aunque su hijo respondiera con prisa.
Después del funeral, Marcos y su esposa, Verónica, comenzaron a visitarla con frecuencia.
Pero los meses pasaron y las visitas se redujeron.
Primero cada quince días.
Luego una vez al mes.
Después solo cumpleaños, Navidad y alguna comida rápida cuando coincidían los horarios.
Elena intentó no tomárselo personalmente.
Marcos trabajaba como supervisor de ventas.
Verónica tenía un pequeño estudio de decoración.
Sofía tenía nueve años; Tomás, siete.
Había escuelas, partidos, tareas, clientes, compromisos.
Ella lo entendía.
Lo que dolía era sentirse cada vez menos necesaria y, al mismo tiempo, cada vez más útil cuando alguien necesitaba algo.
Una tarde de abril, Marcos la llamó mientras Elena regaba las plantas del patio.
—Mamá, tuve una idea.
Su tono era distinto.
Entusiasta.
Casi como cuando era adolescente y quería convencerla de permitirle usar el automóvil.
—Eso suele salir caro —bromeó ella.
Marcos rió.
—Esta vez quizá un poco.
Entonces le habló de Puerto Vallarta.
Una semana frente al mar.
Una villa con piscina pequeña.
Paseos con los niños.
Una excursión para ver tortugas.
Cenas sin teléfonos.
Desayunos juntos.
—Necesitamos esto —dijo—.
Últimamente siento que cada uno vive por su lado.
Elena apoyó la manguera contra una maceta.
—Yo también lo siento.
—Quiero que Sofía y Tomás tengan recuerdos contigo.
Recuerdos de verdad, no solo fotos de cumpleaños.
Aquella frase atravesó todas sus defensas.
Elena había empezado a pensar, en secreto, que sus nietos recordarían más la casa de otros abuelos que la suya.
Verónica era muy cercana a sus padres, Patricia y Rubén.
Los visitaban casi todos los fines de semana.
Con Elena, todo debía agendarse.
—¿Cuándo sería? —preguntó.
Marcos hizo una pausa.
—En julio.
Después llegó la parte incómoda.
La familia no podía pagar el viaje.
Habían tenido gastos inesperados.
La hipoteca.
El automóvil.
Las colegiaturas.
Una reparación de tuberías.
Marcos dijo que él podía aportar algo, pero no mucho.
—No quiero que sientas que te estoy pidiendo dinero —añadió rápidamente.
Elena casi sonrió ante la contradicción.
—Pero me estás pidiendo dinero.
—Solo si puedes.
Podemos buscar algo más barato.
Ella preguntó cuánto costaría.
Dos días después, Marcos le envió opciones.
Elena escogió una villa cómoda, no extravagante, cerca de la playa.
Revisó vuelos.
Buscó actividades para niños.
Llamó a una agencia para organizar las reservas.
El total la hizo quedarse mirando la pantalla durante varios minutos.
Su asesora bancaria fue aún más directa.
—Elena, puedes hacerlo, pero vas a reducir bastante tu fondo disponible.
—Tengo mi pensión.
—Sí,