demostrado que puede decir no cuando todos los demás dicen sí por miedo, comodidad o interés.
Elena tragó saliva.
Su padre evitaba mirarla.
La carta seguía.
Cometí el error de proteger demasiado a tu padre.
Él repitió ese error con Mateo.
Cada vez que ocultamos las consecuencias de una mala decisión, la siguiente decisión fue peor.
Ernesto cerró los ojos.
—No sigas leyendo —dijo.
Elena levantó la vista.
Era la primera vez en toda la noche que su padre no daba una orden.
Parecía pedirla.
—¿Por qué?
Él no respondió.
Mateo se movió hacia la puerta.
Elena volvió a la carta.
La irregularidad financiera es grave, pero existe algo que me preocupa más.
El antiguo contador de la compañía, Ramiro Solís, descubrió parte de los pagos meses antes que yo.
Dos días después de decirle a Ernesto que pensaba informar al consejo, sufrió un accidente de automóvil.
Un murmullo recorrió el salón.
Elena levantó lentamente la mirada hacia Mateo.
—¿Por qué la abuela escribió tu nombre junto a la fecha del accidente?
Mateo parecía haber dejado de respirar.
—Porque estaba enferma.
—Mi abuela estaba enferma del corazón.
No estaba confundida.
—No sabes lo que dices.
—Entonces explícalo.
—No tengo que explicar nada.
Julián sacó de la caja una impresión de registro de acceso.
—La noche anterior al accidente, alguien utilizó una tarjeta corporativa para entrar al estacionamiento donde Ramiro guardaba su vehículo.
Mateo miró el papel.
—Muchísima gente tenía tarjetas.
—Esa estaba asignada a tu oficina.
Su madre empezó a llorar en silencio.
Ernesto se sentó.
—Fue para hablar con él —dijo.
Todos giraron hacia el padre.
Mateo palideció todavía más.
—Papá.
Ernesto se cubrió la cara con una mano.
—Mateo quería convencerlo de que esperara.
Eso fue todo.
Elena sintió que la sangre le golpeaba en las sienes.
—¿Tú sabías que fue a verlo?
—Después.
—¿Y sabías lo de las empresas?
Su padre guardó silencio.
—Respóndeme.
—Sabía que había usado proveedores vinculados a conocidos.
No sabía cuánto dinero se había movido.
Mateo golpeó la mesa.
—Yo mantuve esa empresa viva cuando todos ustedes estaban ocupados criticándome.
Por fin había dejado de fingir.
—Los bancos cerraban puertas.
Los clientes exigían descuentos.
Papá no quería despedir a nadie.
Yo conseguí liquidez.
Elena señaló las hojas.
—¿Desviando dinero?
—Moviéndolo.
—Hacia empresas que controlaban tus conocidos.
—Para recuperarlo cuando lo necesitáramos.
—¿Y lo recuperaron?
Mateo no respondió.
—¿Dónde está?
—Invertido.
—¿Dónde?
—No te importa.
Elena se levantó.
—Sí me importa.
Porque intentaste obtener mi firma para tener acceso a activos del fideicomiso.
¿Ibas a usarlos para cubrir lo que falta?
Mateo la miró con odio.
Y aquel silencio fue suficiente.
La celebración había sido un rescate financiero disfrazado de unidad familiar.
Ernesto había aceptado sacrificar la participación de su hija para evitar que saliera a la luz el desastre provocado por su hijo.
La misma historia de siempre, solo que esta vez las cifras tenían siete dígitos.
Verónica cerró la carpeta marfil.
—Este documento no se firmará hoy.
Uno de los abogados externos añadió:
—A partir de este momento recomendamos suspender cualquier operación extraordinaria y preservar toda la documentación.
También debemos notificar al fiduciario y al consejo.
Mateo soltó una risa amarga.
—¿Van a destruir la empresa por esto?
Elena negó con la cabeza.
—No.
Voy a intentar evitar que tú la destruyas