tienes ahí?
Elena dejó el sobre sobre la mesa.
—Lo que la abuela me pidió que leyera antes de firmar cualquier cosa relacionada con su patrimonio.
Mateo soltó una risa seca.
—Claro.
Una carta misteriosa.
—No es una carta.
Elena empujó el sobre hacia Verónica.
—Es una copia certificada del instrumento que usted protocolizó el 14 de septiembre.
Verónica abrió el sobre.
Ernesto dio un paso.
—Eso ya está contemplado.
La notaria empezó a leer.
Elena observó cómo sus ojos recorrían la primera página, luego la segunda.
Cuando llegó a una cláusula específica, Verónica levantó lentamente la mirada.
—Señor Rivas, ¿usted preparó esta cesión sabiendo que existía esta restricción?
—Es una formalidad.
—No es una formalidad.
Mateo dejó su copa.
—¿De qué están hablando?
Verónica tomó aire.
—Ocho meses antes de fallecer, Amalia Rivas trasladó su participación principal a un fideicomiso irrevocable.
Los beneficiarios son varios miembros de la familia, pero el control sobre determinados actos quedó sujeto a una figura de protección.
La madre de Elena intervino con impaciencia.
—Perfecto.
Mateo administra la compañía.
Que él se encargue.
—Mateo no fue designado protector.
El silencio fue inmediato.
Elena sacó una pequeña llave de latón y la dejó junto al documento que pretendían hacerla firmar.
—La protectora soy yo.
Verónica confirmó con un gesto.
—El fideicomiso establece que Elena debe autorizar cualquier venta sustancial, endeudamiento extraordinario, cambio de control, garantía sobre activos principales o transferencia que altere la estructura definida por Amalia.
Mateo miró a su padre.
—¿Tú sabías esto?
Ernesto no respondió.
Elena sí comprendió la respuesta.
Su padre lo sabía.
Por eso necesitaban su firma.
No buscaban simplificar una herencia.
Querían neutralizar la única barrera que Amalia había colocado entre ellos y el patrimonio.
Elena sintió una mezcla extraña de alivio y tristeza.
Su abuela había confiado en ella.
Su familia había intentado engañarla.
—¿Y la llave? —preguntó Verónica.
Mateo giró la cabeza demasiado rápido.
—¿Fuiste a la oficina de la abuela?
Verónica lo miró.
—El archivo del fideicomiso no estaba en su oficina.
Mateo se quedó inmóvil.
Elena apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Yo nunca dije dónde estaba.
Su madre se levantó.
—Esto es una emboscada.
—No.
Una emboscada es poner a veintisiete personas alrededor de una mesa para presionar a alguien a firmar.
La frase produjo varios movimientos incómodos.
Una tía bajó la cabeza.
Uno de los primos guardó el teléfono.
Elena abrió otro compartimento de su bolso y sacó tres hojas.
—La abuela empezó a revisar las cuentas porque los márgenes de la compañía cayeron mientras la facturación seguía creciendo.
Mateo negó con la cabeza.
—No sabes nada de operación.
—Sé leer estados financieros.
Puso la primera hoja sobre la mesa.
—Transportes del Centro Servicios Integrales.
La segunda.
—Mantenimiento Vial del Bajío.
La tercera.
—Soluciones Logísticas MTR.
Mateo no tocó ninguna.
—Proveedores.
—Proveedores que recibieron casi cuatro millones de dólares en cinco años.
Ernesto intervino.
—Contratos legítimos.
Elena lo miró.
—Eso pensó la abuela al principio.
Verónica dejó el documento del fideicomiso a un lado y empezó a revisar las hojas.
Elena continuó.
—Las tres empresas usan la misma gestoría.
Dos tienen administradores vinculados entre sí.
Facturaron reparaciones de unidades dadas de baja, mantenimiento en fechas en que los vehículos estaban en otra ciudad y combustible para rutas suspendidas.
Mateo cruzó los brazos.
—Errores