Mi hermano brindó por una empresa que todavía no le pertenecía.
—Por fin todo quedará en manos de alguien capaz de proteger el apellido —dijo Mateo, levantando su copa.
Veintisiete personas aplaudieron bajo las lámparas de hierro de la antigua bodega familiar.
Elena Rivas permaneció sentada.
Apenas habían pasado seis semanas desde el funeral de su abuela Amalia y, sin embargo, aquella noche no tenía nada de duelo.
Su padre había contratado meseros, colocado manteles blancos y abierto botellas que la familia reservaba para aniversarios importantes.
Sobre una mesa lateral habían puesto fotografías de Amalia joven, pero nadie parecía mirar hacia ellas.
Todos miraban a Mateo.
Y de vez en cuando, a Elena.
Como si esperaran algo.
Su madre confirmó qué era cuando dejó una carpeta color marfil frente a ella.
—Solo falta tu firma.
Elena apoyó una mano sobre la tapa, pero no la abrió.
Durante tres días había recibido llamadas.
Primero de su madre.
Después de su padre.
Luego de dos tíos, una prima y hasta de un sacerdote amigo de la familia que, con voz prudente, le habló de la importancia de evitar conflictos por dinero.
Todos repetían la misma idea con palabras distintas: debía renunciar a lo que hubiera heredado y permitir que Mateo concentrara el control patrimonial.
La razón oficial era simple.
La empresa de transporte fundada por su abuelo necesitaba estabilidad.
La razón familiar era todavía más simple.
Mateo era el heredero que ellos siempre habían imaginado.
Elena abrió por fin la carpeta.
Leyó sin prisa.
Cesión irrevocable.
Renuncia a derechos económicos.
Transferencia de acciones.
Facultades amplias de administración.
En la página dieciséis encontró la cifra estimada de los activos involucrados.
7.400.000 dólares.
No era una herencia modesta.
Incluía participaciones empresariales, dos terrenos industriales, inversiones y una porción de la propiedad donde funcionaba la vieja bodega.
En la última página estaba su nombre sobre una línea vacía.
Mateo se inclinó hacia ella.
—No hagas esto difícil.
Elena levantó los ojos.
Su hermano vestía un traje azul oscuro, sin corbata.
Tenía treinta y nueve años, dos hijos, una casa pagada por la empresa y una facilidad extraordinaria para hablar de sacrificio cuando el sacrificio debía hacerlo otra persona.
—¿Hacer qué difícil? —preguntó Elena.
—Lo que todos sabemos que tiene que pasar.
Su padre, Ernesto Rivas, intervino desde el otro extremo de la mesa.
—La compañía necesita una sola dirección.
Si empezamos a fragmentar acciones, los bancos se ponen nerviosos, los socios dudan y perdemos capacidad de decisión.
Elena hojeó otra vez el documento.
—Curioso.
Aquí no dice que yo conservaré acciones sin voto.
Dice que renuncio a todo.
Su madre endureció la expresión.
—No necesitas ese dinero.
La frase fue pronunciada con la naturalidad de quien comenta el clima.
Elena sintió un viejo cansancio.
A los veintidós años, cuando pidió ayuda para hacer un posgrado, le dijeron que no había recursos porque Mateo necesitaba una camioneta para visitar clientes.
A los veintinueve, cuando volvió de otra ciudad después de una cirugía, su madre le explicó que no podía acompañarla porque Mateo estaba organizando el bautizo de su segundo hijo.
A los treinta y cuatro, cuando Elena fue nombrada directora regional de una firma especializada en auditorías forenses, su padre respondió que aquel trabajo debía ser agotador y cambió de tema para hablar del crecimiento de