una mesa.
—Usted no estaba invitado.
Barrera guardó silencio.
Camila intervino.
—Daniel, basta.
Él ignoró a la novia.
—¿Usted preparó estos documentos?
Barrera observó la carpeta.
—Necesito revisarlos.
—Su nombre aparece en la última página.
Aquello provocó una nueva conmoción.
El abogado cerró los ojos durante un instante.
—Camila me dijo que usted estaba de acuerdo.
—¿Con transferir casi cinco millones de pesos?
—Me aseguró que se trataba de una operación acordada entre ustedes antes del matrimonio.
Camila negó con la cabeza.
—Está mintiendo.
Barrera la miró.
—Tengo todos tus correos.
Fue el golpe que terminó de romper su defensa.
Elena vio desaparecer la arrogancia de Camila.
—¿Correos? —preguntó Daniel.
El abogado tragó saliva.
—Me envió instrucciones durante semanas.
Tengo los borradores, las modificaciones y los mensajes donde me pidió que la documentación pareciera relacionada con los gastos de la boda para que usted la firmara sin revisarla demasiado.
Daniel permaneció inmóvil.
—¿Por qué aceptó?
Barrera bajó la mirada.
—Me pagaron.
—¿Quién?
—Mauricio.
Camila comenzó a caminar hacia la salida.
Daniel no intentó detenerla.
Elena tampoco.
Fue la administradora del hotel quien se interpuso.
—Señora, antes de retirarse necesitamos aclarar varios cargos efectuados esta mañana con una tarjeta del señor Ortega.
Daniel cerró los ojos.
Parecía que cada minuto descubría una traición nueva.
—¿Qué cargos?
La administradora dudó.
—Un pago adicional de ciento veinte mil pesos para un servicio externo que nunca recibimos.
Daniel miró a Camila.
Ella ya no respondió.
Sacó su teléfono principal y trató de marcar un número.
—¿Mauricio? —preguntó Daniel.
Camila apartó la mirada.
La llamada fue directamente al buzón.
Volvió a llamar.
Nada.
Entonces Elena comprendió algo antes que ella.
Mauricio no iba a aparecer.
Quizá nunca había planeado marcharse con Camila.
El abogado confirmó la sospecha.
—No lo vas a encontrar.
Camila se volvió.
—¿Qué dijiste?
—Mauricio salió del país esta mañana.
—Eso es mentira.
—Me escribió desde el aeropuerto.
El rostro de Camila se descompuso.
Barrera continuó:
—Dijo que si la operación fallaba, él no quería quedar relacionado con ustedes.
—No.
—Camila…
—No.
Por primera vez Elena no vio a una mujer arrogante ni calculadora.
Vio a alguien comprendiendo que también había sido utilizada.
Eso no borraba lo que había hecho.
Pero explicaba la repentina desesperación.
Camila intentó llamar otra vez.
Buzón.
Otra vez.
Nada.
Daniel la observó sin satisfacción.
No había victoria en su rostro.
Solo cansancio.
—¿Valió la pena?
Camila levantó los ojos.
No encontró respuesta.
La policía no llegó con sirenas ni hubo una escena espectacular.
Daniel hizo algo mucho más sensato: llamó al gerente de su banco desde el mismo salón, bloqueó cualquier autorización pendiente y después contactó a una abogada recomendada por uno de sus socios.
Barrera aceptó quedarse y entregar copias de los correos.
La ceremonia fue cancelada.
Los invitados comenzaron a marcharse lentamente.
Algunos abrazaban a Daniel.
Otros no sabían qué decir.
Camila se retiró con su madre después de que la administración del hotel tomó sus datos por los cargos cuestionados.
Sofía se quedó junto a Daniel.
Legalmente, él no era su padre.
Esa realidad golpeó a todos cuando Camila quiso llevarse a la niña.
Sofía se aferró al saco de Daniel.
—No quiero irme.
Camila cerró los ojos.
Por unos segundos pareció a punto de discutir.
Después miró a su hija.
Algo en ella