acercarse.
Él retrocedió.
—Daniel, déjame explicarte.
—Dice: “En cuanto firme, avísame.
El banco tiene todo preparado.
Después nos vamos”.
Elena escuchó varios susurros entre los invitados.
Camila perdió su compostura.
—Estás sacándolo de contexto.
—Perfecto.
Dame el contexto.
—No aquí.
Daniel soltó una risa incrédula.
—Aquí pensabas convertirte en mi esposa.
Aquí pensabas poner estos papeles delante de mí.
Explícalo aquí.
Camila apretó la mandíbula.
—Mauricio y yo planeábamos comenzar un proyecto.
—¿Con dinero de mi empresa?
—Con dinero que después íbamos a devolver.
—¿Cuánto?
Ella no respondió.
Daniel buscó entre las páginas hasta encontrar una cifra.
Su respiración se detuvo.
—Cuatro millones ochocientos mil pesos.
Uno de sus empleados, sentado al fondo, se levantó instintivamente.
Daniel continuó leyendo.
—Eso es prácticamente todo el fondo de operación.
Camila comenzó a hablar deprisa.
—La inversión iba a multiplicarse.
Mauricio tiene compradores.
Solo necesitábamos liquidez durante unas semanas.
—¿Por qué no pedírmela?
Silencio.
—Porque habría dicho que no —respondió Elena.
Camila la miró con furia.
Daniel volvió a preguntar:
—¿Por qué no me lo pediste?
—Porque siempre tienes miedo de arriesgar.
—Pago catorce salarios con ese dinero.
—Podías recuperarlo.
—¿Y la parte de “después nos vamos”?
Camila palideció.
Daniel sostuvo el teléfono.
—¿Ibas a irte con él?
Nuevamente, silencio.
—¿Estás con Mauricio?
Camila cerró los ojos.
—Sí.
La palabra fue pequeña.
Pero destruyó tres años de vida compartida.
Daniel miró al suelo.
Elena quiso abrazarlo, pero sabía que aquel momento le pertenecía a él.
—¿Desde cuándo?
—Ocho meses.
Daniel levantó lentamente la cabeza.
—Hace ocho meses estábamos buscando una escuela nueva para Sofía.
Camila no contestó.
—Hace ocho meses me pediste que ampliara la habitación de ella porque dijiste que esta casa sería para siempre.
—Las cosas cambiaron.
Sofía comenzó a llorar.
Camila volteó hacia su hija.
—¿Estás contenta ahora?
Daniel reaccionó de inmediato.
—No.
Su voz retumbó en el salón.
—No la culpes.
—Ella no tenía derecho a revisar mis cosas.
—Tiene ocho años.
Escuchó a su madre planear llevarse dinero de la persona que ella considera su padre.
¿Qué esperabas que hiciera?
Camila intentó responder, pero Daniel ya estaba arrodillado frente a Sofía.
—Mírame.
La niña levantó los ojos.
—No hiciste nada malo.
—Mamá me va a odiar.
—Tu mamá está enfadada.
Eso no convierte la verdad en culpa tuya.
Elena reconoció sus propias palabras y sintió un nudo en la garganta.
Daniel abrazó a la niña.
Después se puso de pie.
—La boda terminó.
Camila dio un paso atrás.
—No puedes decidir esto por un mensaje.
—No lo decido por un mensaje.
Lo decido por ocho meses de engaños y por unos documentos diseñados para vaciar la cuenta de mi empresa.
—Era una inversión.
—Era una operación que ocultaste porque sabías que jamás la autorizaría.
Daniel tomó la carpeta.
—Y ahora voy a averiguar quién preparó esto.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Un hombre sentado cerca de la salida se levantó y comenzó a caminar hacia la puerta.
Sofía lo vio.
—Es él.
Todos voltearon.
El hombre se detuvo.
No era Mauricio.
Daniel lo reconoció.
—Licenciado Barrera.
Elena también lo conocía de vista.
Barrera era un abogado que había trabajado anteriormente con la empresa de Daniel para revisar algunos contratos.
—¿Qué hace aquí?
El hombre parecía desesperado por desaparecer.
—Fui invitado por Camila.
Daniel miró la lista de invitados sobre