la determinación no necesitaba velocidad.
Empujó el andador hacia la mesa de los documentos.
Una coordinadora apareció inmediatamente.
—Señora Elena, necesitamos que regrese a su lugar.
—Necesito hablar con mi nieto.
—La ceremonia está empezando.
—Precisamente.
Las puertas se abrieron.
Camila apareció al fondo del salón.
Elena alcanzó la carpeta crema.
La abrió.
En la primera página había términos financieros que no comprendía completamente, pero sí reconoció varias expresiones: autorización irrevocable, representante autorizado, cuenta mercantil.
Daniel tenía una empresa de instalaciones eléctricas con catorce empleados.
La cuenta de la empresa pagaba nóminas, proveedores, seguros y materiales.
¿Por qué un documento supuestamente relacionado con el hotel mencionaba aquella cuenta?
—Abuela.
Daniel estaba a pocos pasos.
Camila se había detenido en el pasillo.
—¿Qué ocurre?
Elena le entregó la carpeta.
—Lee antes de firmar.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué es esto?
—Eso quisiera saber yo.
Camila avanzó varios pasos.
—Son los documentos que te comenté.
Podemos hablar después.
Daniel leyó la primera página.
Después la segunda.
Su expresión cambió.
—¿Por qué esto autoriza transferencias desde la cuenta de la empresa?
Camila mantuvo una sonrisa rígida.
—Es parte del ajuste patrimonial que nos recomendó Mauricio.
—Mauricio es agente inmobiliario.
—Trabaja con abogados.
—¿Y por qué no me explicaste nada de esto?
—Porque siempre dices que odias el papeleo.
Elena observó a Camila.
Aquella respuesta parecía preparada.
Demasiado preparada.
Daniel señaló una línea.
—Aquí aparece una empresa llamada Inversiones Montalvo.
—Es la sociedad que maneja mi apartamento.
—Nunca la habías mencionado.
—Daniel, tenemos ciento cincuenta personas esperando.
—Entonces tardaremos cinco minutos en aclararlo.
Camila miró hacia los invitados.
Era evidente que lo último que quería era una conversación que no pudiera controlar.
Elena decidió intervenir.
—También podrías explicarle por qué escondiste un teléfono dentro del ramo.
Camila quedó inmóvil.
El silencio se extendió por el salón.
Daniel la observó.
—¿Qué teléfono?
—No sé de qué habla —respondió Camila.
Elena no apartó los ojos de ella.
—Entonces entrega el ramo.
—Esto es ridículo.
—Probablemente.
Pero será fácil demostrarlo.
Daniel extendió una mano.
—Camila.
Ella no se movió.
—Dame el ramo.
—No vas a revisar mis cosas frente a todos.
—No sabía que un ramo era una de tus cosas privadas.
La voz de Daniel había cambiado.
Ya no parecía confundido.
Parecía asustado.
Sofía apareció junto a él.
Camila la vio y comprendió inmediatamente de dónde había salido la información.
—Sofía, ¿qué hiciste?
La niña retrocedió.
Daniel se colocó entre ambas.
—No le hables así.
—Está inventando cosas.
—Entonces dame el ramo.
Camila apretó el arreglo contra el cuerpo.
Durante unos segundos nadie se movió.
Finalmente Daniel sujetó una de las cintas y tiró suavemente.
Una peonía cayó.
Después otra.
Y desde el centro del arreglo resbaló una bolsa oscura.
Dentro había un teléfono.
El dispositivo golpeó la alfombra.
Una mujer en la primera fila se llevó la mano a la boca.
Daniel recogió el aparato.
—¿De quién es?
Camila respiró profundamente.
—Mío.
—¿Por qué tienes un teléfono que yo no conozco?
—Porque necesitaba privacidad.
—¿Privacidad para qué?
El teléfono vibró.
La pantalla se encendió.
Una notificación apareció sin necesidad de desbloquearlo.
Elena alcanzó a ver solo el nombre.
Mauricio.
Daniel leyó el mensaje en silencio.
Su rostro se vació de expresión.
—¿Qué dice? —preguntó Camila.
Daniel levantó los ojos.
—Creo que lo sabes.
Ella intentó