Cuando Elena descubrió que la habían sentado detrás de una columna para que no apareciera en las fotografías de la boda de su nieto, decidió no arruinarle el día a nadie.
Había aprendido hacía mucho que algunas humillaciones decían más de quien las provocaba que de quien las recibía.
Aun así, el rincón elegido resultaba casi cómico.
Desde su mesa podía escuchar el choque constante de platos detrás de las puertas de servicio y apenas distinguía el altar entre un arco de orquídeas y una enorme columna cubierta con tela blanca.
Su andador permanecía junto a la silla.
Una organizadora le había explicado que allí tendría espacio para moverse.
Minutos después, otra empleada, creyendo que Elena no escuchaba bien, comentó frente a una compañera:
—La novia pidió que los familiares muy mayores quedaran fuera de los planos abiertos.
Elena no dijo nada.
Camila quería fotografías perfectas.
Muy bien.
Elena quería que Daniel fuera feliz.
Eso era más importante.
Daniel había sido prácticamente su hijo desde los nueve años, cuando su padre murió y su madre comenzó a trabajar dobles turnos.
Elena lo recogía de la escuela, le preparaba la comida y se sentaba junto a él mientras hacía las tareas en la pequeña farmacia que ella había administrado durante décadas.
Lo había visto convertirse en un hombre responsable, quizá demasiado generoso para su propio bien.
Cuando conoció a Camila, Daniel volvió a sonreír de una manera que Elena no veía desde hacía tiempo.
Camila era elegante, sociable y encantadora cuando quería serlo.
Tenía una hija, Sofía, entonces de cinco años, y Daniel se encariñó con ella casi inmediatamente.
Durante tres años formaron algo parecido a una familia.
O al menos eso creyó Daniel.
Elena había tenido dudas.
No por los vestidos caros ni por los viajes ni por aquella boda desproporcionada.
Daniel ganaba bien y podía decidir cómo gastar su dinero.
Lo que preocupaba a Elena eran detalles más pequeños.
Camila nunca dejaba su teléfono boca arriba.
Salía de las habitaciones para contestar llamadas.
Había aprendido a cambiar de expresión en cuanto Daniel aparecía.
Algunas veces hablaba de la empresa de su prometido con un interés que parecía excesivamente técnico.
¿Cuánto dinero quedaba en la cuenta de operaciones?
¿Quién podía autorizar transferencias?
¿Daniel tenía socios?
Preguntas extrañas para alguien que aseguraba detestar los negocios.
Pero Elena no tenía pruebas de nada.
Y negarse a confiar en alguien solo por una sensación podía destruir una relación inocente.
Así que guardó silencio.
La tarde de la boda, Camila pasó junto a ella antes de la ceremonia.
—Señora Elena, ¿está cómoda?
—Sí, gracias.
Camila miró el andador.
—Solo procure no acercarse mucho al pasillo durante la entrada.
El fotógrafo necesita imágenes limpias.
Elena entendió perfectamente.
—No se preocupe.
Al girarse, la larga cola del vestido de Camila se enganchó en una rueda.
Ella tiró con fastidio y golpeó el bolso de Elena, que cayó al suelo.
Unos lentes, un pañuelo, caramelos de menta y un estuche de medicamentos se dispersaron bajo la mesa.
—Por eso estas cosas deberían dejarse fuera del salón —murmuró Camila.
Ni siquiera se inclinó para ayudar.
Elena estaba intentando alcanzar sus lentes cuando una pequeña mano apareció debajo del mantel.
Sofía salió con ellos entre los dedos.
—Aquí están, abuelita Elena.
—Gracias, corazón.
La niña recogió también el resto