Mis hijos sabían por qué su niñera había sido esposada

Lucía por ningún motivo.

Después llamó a la comisaría.

Valeria seguía allí.

Gracias a Mauricio logró hablar con ella por teléfono.

—Valeria, necesito que me cuentes exactamente qué ocurrió ayer.

Al otro lado hubo silencio.

—Encontré un frasco en la cocina —dijo finalmente—.

Lo vi porque la señora Lucía sacó algo y lo mezcló con su café antes de llevárselo al despacho.

Adrián cerró los ojos.

—¿Viste qué era?

—No.

Pero cuando ella salió, revisé el gabinete.

Encontré el frasco.

No tenía etiqueta.

—¿La enfrentaste?

—Sí.

Valeria respiró hondo.

—Le dije que iba a contárselo.

Ella me respondió que estaba interpretando cosas que no entendía.

Esa noche la escuché hablando con alguien en la biblioteca.

—¿Quién?

—No lo sé.

Pero dejé la tableta de los niños grabando antes de salir del cuarto.

Adrián abrió los ojos.

—¿La tableta está conectada a la nube?

—Sí.

Entró a la aplicación familiar.

Tardó unos minutos en encontrar el archivo.

La grabación comenzaba con una imagen torcida de una estantería.

Después entraron dos personas.

Lucía.

Y Esteban.

La cámara apenas captaba sus siluetas, pero el audio era claro.

—Los episodios están funcionando —dijo Esteban—.

Pero debes reducir la dosis.

No quieres que termine en urgencias.

—Necesito que parezca inestable, no enfermo —respondió Lucía.

Adrián sintió que las manos se le enfriaban.

Esteban caminó hacia una ventana.

—El consejo todavía confía demasiado en él.

—Por eso necesito los mensajes.

—¿Y Valeria?

Hubo una pausa.

Lucía respondió:

—Mañana dejará de ser un problema.

Adrián detuvo el video.

Mauricio lo miró desde el asiento del copiloto.

—No vuelvas a entrar solo a esa casa.

A las cinco y cuarenta de la mañana regresaron acompañados por dos agentes y una fiscal.

Lucía apareció en la escalera usando una bata blanca.

Su rostro cambió cuando vio a la policía.

—¿Qué sucede?

Adrián permaneció en el vestíbulo.

—Valeria no robó la pulsera.

—¿Qué estás diciendo?

—Mateo te vio.

Lucía palideció apenas.

—Tiene seis años.

Está confundido.

Adrián levantó su teléfono.

—La tableta no estaba confundida.

Por primera vez la serenidad de Lucía se quebró.

—Adrián, escucha.

Puedo explicarlo.

—Entonces explícalo delante de ellos.

La fiscal presentó la orden de registro.

Lucía retrocedió.

Los agentes revisaron la cocina y el despacho.

Encontraron el frasco, los informes médicos, copias de firmas, transferencias bancarias y varias tarjetas de memoria.

También encontraron un teléfono antiguo de Adrián que él creía perdido desde hacía meses.

Uno de los agentes lo encendió.

Había decenas de mensajes preparados desde su cuenta.

Algunos parecían insultos enviados a socios.

Otros eran frases incoherentes.

Uno estaba programado para salir aquella misma mañana.

Informaba al consejo directivo que Adrián abandonaría temporalmente sus funciones debido a problemas cognitivos.

Lucía recibiría sus derechos de voto mientras durara la supuesta incapacidad.

—¿Por qué? —preguntó Adrián.

Ella no respondió.

Pero Mauricio encontró la explicación entre los movimientos bancarios.

Durante dieciocho meses Lucía había desviado dinero hacia una sociedad registrada a nombre de un primo.

Parte de esos fondos habían cubierto inversiones privadas que habían fracasado.

Otra parte servía para pagar una deuda que superaba los dos millones de dólares.

Si Adrián descubría el agujero financiero, el matrimonio terminaba y posiblemente comenzaría una investigación.

Lucía había decidido tomar el control antes.

Sin embargo, todavía faltaba algo.

Entre los documentos apareció una solicitud preliminar relacionada con la

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