La risa de Sergio desapareció en cuanto Lucía dijo la cifra.
La comida de Reyes había empezado como tantas otras reuniones familiares: con una mesa impecable, comentarios aparentemente inocentes y una celebración que, aunque nadie lo admitiera, giraba alrededor de su hermano mayor.
Afuera llovía sobre Puebla.
Las gotas recorrían los cristales del comedor mientras dentro ardían velas pequeñas junto al roscón.
Marta, la madre de Lucía, había pasado toda la mañana acomodando flores, platos y servilletas.
—Quiero una tarde tranquila —había dicho antes de sentarse.
En aquella familia, tranquila significaba casi siempre una cosa: que Lucía no respondiera cuando Sergio se excediera.
Él acababa de ser nombrado director regional del despacho donde trabajaba.
Su padre, Ernesto, ya había contado la noticia dos veces.
—Treinta y siete años y director —repitió con orgullo—.
Eso sí es avanzar.
Lucía bebió un poco de café.
No estaba celosa de su hermano.
Aquello era precisamente lo que más le molestaba de la dinámica familiar.
Durante años, cualquiera de sus silencios había sido interpretado como resentimiento.
Si no sonreía lo suficiente durante un brindis por Sergio, estaba celosa.
Si corregía una broma cruel, estaba a la defensiva.
Si explicaba algún logro propio, competía con él.
Así que había aprendido a decir poco.
Sergio terminó de hablar de su nuevo puesto y finalmente reparó en ella.
—¿Y tú? —preguntó—.
¿Todavía con los sensores esos?
Lucía levantó la mirada.
—Sí.
—Pensé que ya te habrías cansado.
Marta intervino con una sonrisa nerviosa.
—Sergio, no empieces.
Pero su tono era suave.
Casi divertido.
Él continuó.
—Lo digo en serio.
Lleva años con eso.
¿Todavía trabajas de noche en el hospital?
—No.
—¿Te despidieron?
Lucía dejó la taza.
—Renuncié.
Su madre perdió la sonrisa.
—¿Renunciaste a tu plaza?
—En noviembre.
Ernesto frunció el ceño.
—¿Por la empresa?
—En parte.
Sergio soltó una carcajada.
—No me digas que por fin encontraste a alguien dispuesto a comprarte el juguetito.
Lucía lo observó unos segundos.
Durante años había imaginado que, si algún día llegaba aquel momento, sentiría necesidad de vengarse.
Querría levantar la voz, recordar cada insulto y disfrutar la expresión de sorpresa de su hermano.
Pero no sentía nada de eso.
Solo cansancio.
—Sí —dijo—.
Encontré a alguien.
—¿Y cuánto te pagaron? ¿Cien mil?
—La operación se cerró por mil cuatrocientos veinte millones de pesos.
La cuchara de Ernesto golpeó el plato.
Marta quedó inmóvil.
La esposa de Sergio, Elena, abrió ligeramente los ojos.
Sergio tardó varios segundos en reaccionar.
—¿Mil cuatrocientos veinte millones?
—Sí.
—No puede ser.
Lucía abrió el bolso y sacó una carpeta gris.
No la había llevado con intención de exhibirla.
Debía reunirse esa misma tarde con su contadora.
Pero la incredulidad de su hermano había convertido aquellos papeles en la única respuesta que necesitaba.
Deslizó el resumen de cierre por la mesa.
Sergio lo leyó.
Su rostro cambió.
Y Lucía advirtió algo que no esperaba.
No era envidia.
Era miedo.
—¿Quién revisó la operación? —preguntó él.
Lucía ladeó la cabeza.
—¿Por qué te interesa?
—Por nada.
Pregunto.
—Hace un minuto pensabas que esto era un juguete.
Ernesto miró a su hijo.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
Pero Sergio ya no estaba cómodo.
Lucía conocía esa expresión.
La había visto cuando eran adolescentes y él había roto accidentalmente una ventana para después culpar al hijo del vecino.
Solo