durmió abrazado a un dinosaurio de tela.
Mateo permaneció despierto.
Cuando Adrián apagó la lámpara, el niño lo sujetó de la camisa.
—Papá.
—¿Qué pasa?
Mateo miró la puerta.
—Ciérrala.
Adrián obedeció.
Entonces el niño se acercó y habló tan bajo que casi no pudo escucharlo.
—Mamá puso la pulsera en la mochila de Vale.
Adrián sintió un golpe en el pecho.
—¿La viste?
Mateo asintió.
—Yo estaba buscando mi pelota en la lavandería.
Mamá abrió la mochila, metió algo y después me vio.
—¿Qué te dijo?
El niño tragó saliva.
—Que si contaba algo, tú también te ibas a ir.
Adrián sintió rabia, pero se obligó a mantener la calma.
—¿Irme adónde?
—No sé.
Mateo comenzó a llorar.
Adrián lo abrazó.
—No hiciste nada malo al decírmelo.
El niño tardó unos segundos en continuar.
—Vale discutió con mamá ayer.
—¿Por qué?
—Por unas pastillas.
Adrián se quedó inmóvil.
—¿Qué pastillas?
—Las de tu café.
Aquella frase cambió el significado de varios meses de su vida.
Desde principios del verano, Adrián había sufrido episodios extraños.
Mareos.
Somnolencia.
Dificultad para concentrarse.
Dos veces había olvidado reuniones que él mismo había organizado.
Lucía había insistido en que visitara al doctor Esteban Luján, un neurólogo que conocía desde la universidad.
Esteban habló de agotamiento extremo.
Le recomendó descansar.
También sugirió, delante de Lucía, que si los episodios empeoraban quizá Adrián debería delegar temporalmente algunas responsabilidades empresariales.
En aquel momento había parecido razonable.
Ahora ya no.
Adrián esperó hasta que Mateo se durmió y salió.
Encontró a Julián sentado en el pasillo.
—¿Escuchaste lo que hablamos?
El niño negó con la cabeza.
—Yo también vi las pastillas.
—¿Dónde?
—Vale tenía un frasco.
Mamá se enojó mucho cuando lo encontró.
—¿Sabes dónde está?
Julián señaló hacia la planta baja.
—Detrás del café.
Adrián bajó.
Lucía estaba en el dormitorio principal.
La puerta estaba cerrada.
Entró en la cocina, retiró varias bolsas de café y encontró un pequeño frasco sin etiqueta detrás de una caja metálica.
No lo tocó.
Le tomó fotografías.
Después fue al despacho.
Durante años, él y Lucía habían compartido casi todo.
Contraseñas, calendarios, información bancaria.
Pero uno de los cajones tenía una nueva cerradura.
Adrián recordó que guardaba una copia de la llave universal del escritorio en el cuarto de herramientas.
Cinco minutos después abrió el cajón.
Encontró una carpeta azul.
Dentro había informes médicos con su nombre.
Algunos eran auténticos.
Otros no.
Uno afirmaba que Adrián había mostrado desorientación severa durante una consulta que jamás ocurrió.
Otro recomendaba limitar temporalmente su capacidad para administrar decisiones financieras complejas.
La firma pertenecía a Esteban Luján.
Debajo había un borrador de poder legal.
Lucía sería autorizada a actuar en nombre de Adrián si un médico declaraba que él no se encontraba en condiciones de manejar sus asuntos.
La puerta del piso superior se abrió.
Adrián cerró el cajón y apagó la luz.
Escuchó los pasos de Lucía acercándose.
Ella entró en la cocina y abrió el refrigerador.
Adrián permaneció oculto en la oscuridad del pasillo.
Por primera vez en dieciséis años de matrimonio tuvo miedo de que su esposa supiera dónde estaba.
Esperó hasta que Lucía regresó arriba.
Después salió de la casa por el garaje.
Desde su automóvil llamó a su abogado, Mauricio Ríos.
—Necesito que vengas ahora —dijo—.
Y no llames a