empresaria y seguramente hará un escándalo legal.
Álvaro cerró la carpeta.
—En realidad, el departamento jurídico ya está avisado.
Una mujer de traje oscuro apareció poco después.
Se presentó como Sofía Barreneche, asesora legal del grupo.
No saludó con dramatismo.
Simplemente pidió un lugar privado y colocó una tableta sobre la mesa.
—Hemos encontrado tres documentos en los últimos cuatro meses con autorizaciones atribuidas a la señora Camila Valdés —dijo.
Sentí un frío extraño pese al aire húmedo de Cartagena.
—¿Tres?
Sofía enumeró los archivos.
El primero era la reserva de Casa Mirador.
El segundo autorizaba un descuento del setenta por ciento en alojamiento para invitados relacionados con la familia Valdés.
El tercero era mucho peor.
Autorizaba a una empresa llamada JV Experiencias a facturar servicios de producción de eventos al Grupo Alborada hasta por noventa mil dólares.
—¿Qué es JV Experiencias? —pregunté.
Julián no respondió.
Valeria sí.
—Es la empresa de Julián.
Mi padre se dejó caer lentamente en una silla.
—Creí que la habías cerrado.
—La reabrí.
—¿Y facturaste al hotel de Elena?
—No llegamos a facturar nada.
Sofía deslizó el dedo por la pantalla.
—Hay dos facturas pendientes por veintisiete mil dólares en total.
Julián palideció.
—Eso lo manejaba un socio.
—¿Qué socio? —pregunté.
—Un amigo.
—Nombre.
—Camila, no eres policía.
—No.
Soy la persona cuya firma aparece autorizando pagos a tu empresa.
El silencio se hizo insoportable.
Mi madre finalmente habló.
—Yo le dije que podía hacerlo.
Mi padre la miró como si no hubiera escuchado bien.
—¿Qué?
—Elena estaba enferma.
Camila llevaba meses ayudándola.
Yo sabía que probablemente terminaría recibiendo algo.
Solo intenté asegurar que la familia no quedara afuera.
No pude creer la lógica.
—¿Asegurar a la familia falsificando mi firma?
—No la falsifiqué.
Tomé una firma de unos papeles que tú habías mandado hace tiempo.
Pensé que después hablaríamos contigo.
—Eso es falsificarla.
Su rostro se endureció.
—Todo lo que tienes te llegó gracias a la familia.
Aquella frase me produjo más claridad que rabia.
—No.
Todo lo que tengo me llegó después de años de trabajar mientras ustedes se reían de que yo no sabía disfrutar la vida.
Julián golpeó la mesa con la palma.
—¡Basta! ¿Vas a destruir a mamá por una firma?
—¿Una firma? Usaron mi identidad para intentar conseguir decenas de miles de dólares y una propiedad para tu boda.
—No robamos nada.
—Porque los cargos fueron bloqueados.
Él se quedó callado.
Valeria se quitó lentamente el anillo de compromiso.
Julián la vio.
—¿Qué haces?
—Intento entender con quién pensaba casarme.
—No dramatices.
—Me dijiste que tu hermana había regalado el lugar porque estaba feliz por nosotros.
Me enseñaste mensajes.
—Eran capturas.
—¿Falsas?
Julián no contestó.
Valeria colocó el anillo sobre la mesa.
—Entonces tenemos un problema mucho más grande que un salón de bodas.
Mi madre intentó intervenir, pero Valeria levantó la mano.
—No, señora Teresa.
Durante meses me hicieron sentir culpable porque Camila supuestamente estaba pagando todo y yo no agradecía suficiente.
Resulta que Camila ni siquiera sabía.
Esa frase me dolió de una forma inesperada.
Yo había pensado que Valeria también me despreciaba.
En cada reunión familiar parecía distante, incómoda.
Ahora comprendía que le habían contado una historia distinta.
Sofía retomó la conversación.
—Camila, necesitamos una decisión inmediata.
Podemos congelar todos los pagos vinculados a JV