Mi madre canceló mi habitación, pero ignoraba quién controlaba el hotel

si yo seguía creyendo que necesitaba permiso.

—Quiero mi habitación original —le dije a Álvaro—.

La persona que fue colocada allí puede recibir otra alternativa si el hotel dispone de ella.

Si no, quiero que se le reembolse cualquier gasto razonable causado por la modificación.

No fue culpa suya.

Álvaro asintió.

—Eso podemos resolverlo.

Sin embargo, apareció otro problema al revisar el expediente.

Mi madre se quedó demasiado quieta.

Lo noté inmediatamente.

—¿Qué problema?

Álvaro colocó una hoja sobre el mostrador.

—Ayer también se solicitó cargar gastos adicionales de la celebración a una cuenta corporativa privada vinculada a usted.

—¿Cuánto?

—Treinta y ocho mil cuatrocientos dólares.

Mi padre giró hacia Teresa.

—¿Treinta y ocho mil?

—No era un gasto definitivo —dijo ella rápidamente—.

Se iba a ajustar después.

—¿Qué incluía?

Álvaro leyó la lista.

Cena para veintidós personas adicionales.

Decoración floral.

Música en vivo.

Transporte ejecutivo.

Una suite fotográfica.

Dos noches extra en cuatro habitaciones.

Y una reserva de Casa Mirador.

Al escuchar ese nombre, Julián bajó los ojos.

Ese gesto me alertó más que cualquier explicación.

—¿Para qué era Casa Mirador?

—Nada —dijo él.

Valeria lo miró.

—Julián.

—No es el momento.

—¿Qué no es el momento de decirme? —pregunté.

Valeria cruzó los brazos.

—Él me dijo que la familia había conseguido la casa para nuestra boda.

Me quedé inmóvil.

Casa Mirador no era un hotel.

Era una mansión colonial restaurada frente a la bahía, utilizada para bodas y eventos privados.

Un fin de semana completo allí costaba más de lo que muchas personas ganaban en un año.

—¿Cuándo es la boda?

—En noviembre —respondió Valeria.

—¿Y quién la está pagando?

Julián apretó los labios.

Mi madre intervino.

—Íbamos a hablar contigo.

—¿Antes o después de celebrarla?

—No tenías que pagarlo todo.

Elena siempre dijo que la familia podía usar las propiedades bajo ciertas condiciones.

Álvaro la corrigió con tranquilidad.

—La señora Elena permitía descuentos limitados.

Nunca autorizó eventos completos sin coste.

Mi madre lo ignoró.

—Camila, tu hermano solo se casa una vez.

Valeria arqueó una ceja.

—Espero.

Nadie rio.

Álvaro sacó otro documento.

—Hay algo más delicado.

Lo colocó delante de mí.

Era una solicitud para bloquear Casa Mirador cuatro días completos en noviembre.

En la parte inferior aparecía mi nombre.

Y una firma.

Mi firma.

O una imitación bastante buena.

Sentí que el ruido del vestíbulo se alejaba.

—Yo no firmé esto.

Mi padre se acercó para mirar.

—Parece tu firma.

—Precisamente ese es el problema.

Valeria miró a Julián.

—Me dijiste que Camila había aceptado.

—Eso me dijo mamá.

Teresa giró hacia él con una furia instantánea.

—Cállate.

La palabra cayó como una piedra.

Entonces entendí que no estaba ante una simple arrogancia familiar.

Alguien había usado mi nombre para comprometer una propiedad que ahora legalmente estaba bajo mi control.

—Álvaro, ¿quién envió esto?

—La petición entró desde una dirección utilizada anteriormente por su madre para coordinar el aniversario.

Pero la firma llegó como archivo adjunto.

—¿Quién creó el archivo?

—Sistemas está revisando los metadatos.

Mi madre se acercó.

—Podemos arreglarlo.

No necesitas involucrar abogados.

—Todavía no he dicho nada de abogados.

Ella abrió la boca y volvió a cerrarla.

Ese fue el segundo momento en que algo no encajó.

—¿Por qué mencionaste abogados?

Mi padre también la miró.

—Teresa.

—Porque ahora Camila se cree

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