recuerda que salí.
Elena sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, pero esta vez no apartó la mirada.
Lucía abrió la puerta del balcón.
Entró aire fresco y el ruido lejano de la ciudad.
Después tomó su teléfono, fotografió las dos tazas de café sobre la mesa y se la envió a Elena, aunque estaban a menos de tres metros de distancia.
El teléfono de Elena vibró.
El mensaje decía solamente:
“Ma, café.
Antes de que se enfríe.”
Elena rio.
Durante meses había temido que cualquier sonido repentino la llevara de regreso a aquella tarde: la lluvia, el cristal empañado, tres golpes desesperados desde una habitación cerrada.
Pero mientras se sentaba frente a su hija comprendió que algunos sonidos también podían significar otra cosa.
Una notificación.
Una puerta abriéndose.
La voz de alguien que sigue aquí.
Y por primera vez desde aquella tarde en Querétaro, Elena dejó de recordar los golpes como una señal de horror.
Empezó a recordarlos como el momento exacto en que su hija encontró una forma de ser escuchada.