era demasiado sensible.
Entonces Teresa apareció detrás de su hijo llevando el bolso color vino que Elena había regalado a Lucía por su cumpleaños número treinta y cuatro.
—Ese bolso es de mi hija —dijo Elena.
Teresa se quedó quieta.
—Me lo prestó.
—¿Antes de irse?
—Sí.
—Qué extraño.
Hace dos meses me dijo que no se lo prestaría ni a su mejor amiga porque yo había ahorrado para comprárselo.
Julián intervino inmediatamente.
—Elena, basta.
—Quiero hablar con ella.
—No quiere hablar contigo.
—Muéstrame dónde te lo escribió.
—Cambió de teléfono.
Fue una mentira demasiado rápida.
Elena retrocedió.
Luego llegaron los golpes contra el cristal.
Ahora, mientras conducía hasta la esquina, se obligó a no acelerar demasiado.
Si Julián estaba observándola, necesitaba creer que ella realmente se marchaba.
Estacionó junto a una farmacia cerrada y llamó a Rafael Ortega.
Había conocido a Rafael quince años atrás, cuando la esposa de él trabajó temporalmente en urgencias.
Con los años habían perdido contacto, pero Elena sabía que ahora ocupaba un cargo dentro de la policía municipal.
Rafael contestó al cuarto tono.
—¿Elena?
—Necesito ayuda.
Le contó todo.
Cuando terminó, Rafael no intentó tranquilizarla con frases vacías.
—¿Viste a Lucía?
—No su rostro.
Solo una mano.
—¿Escuchaste algo?
—Golpes.
Y antes, cuando estaba junto al porche, algo parecido a un gemido.
—No regreses sola.
—No pensaba hacerlo.
En ese momento llegó el mensaje.
Apareció en la pantalla con el nombre de Lucía.
“Mamá, estoy bien.
Deja de meterte en mi vida.
No vengas otra vez.”
Elena lo leyó dos veces.
El corazón le golpeaba con fuerza, pero no de alivio.
—Rafael.
—¿Sí?
—Acaba de llegar un mensaje desde el teléfono de Lucía.
—¿Qué dice?
Elena se lo leyó.
—Eso podría cambiar las cosas —respondió él.
—No lo escribió ella.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque mi hija no me llama mamá desde que tenía nueve años.
Hubo silencio.
—Siempre escribe Ma —continuó Elena—.
Y la frase “deja de meterte en mi vida” no es suya.
Es de Julián.
Se la escuché decir exactamente así en Navidad.
Rafael pidió una captura del mensaje.
Elena acababa de enviársela cuando vio abrirse la cochera de la casa.
El automóvil negro de Julián salió rápidamente.
Teresa iba en el asiento del copiloto.
—Se están yendo —dijo.
—Elena, quédate donde estás.
Pero ella ya había tomado una decisión.
No iba a entrar a la propiedad.
Sabía demasiado sobre escenas potencialmente peligrosas para cometer semejante error.
Sin embargo, podía acercarse al callejón público que recorría la parte trasera de las casas.
Caminó bajo la lluvia hasta quedar frente al muro del patio de Lucía.
La ventana del antiguo estudio quedaba a unos veinte metros.
—¡Lucía! —gritó.
Nada.
—¡Lucía, soy yo!
La lluvia golpeó las láminas de varios tejados.
Entonces llegó una respuesta.
—Ma…
Elena sintió que el mundo entero se concentraba en aquella sílaba.
—¡Estoy aquí!
—No… entres.
—La policía viene.
Hubo un silencio largo.
Después:
—Busca… el congelador.
—¿Cuál congelador?
No hubo respuesta.
Elena volvió a llamarla.
Nada.
Las patrullas aparecieron pocos minutos más tarde.
Rafael llegó detrás de ellas.
La situación se complicó cuando Julián regresó inesperadamente.
Bajó del automóvil con Teresa y miró los vehículos policiales frente a su casa.
—¿Qué está pasando?
—Recibimos un reporte de una posible persona retenida —explicó uno de los agentes.
—Eso es