habló, la voz le salió baja.
—Porque la última vez que te llamé por algo que hicieron, ella dijo que yo estaba tratando de alejarte de tu familia.
Mateo frunció el ceño.
—¿La última vez?
Lucía comenzó a llorar.
No de manera ruidosa.
Simplemente bajó la cabeza y las lágrimas empezaron a caer.
—Llevan casi dos meses viniendo cuando tú trabajas.
Mateo no entendió de inmediato.
—¿Quiénes?
—Todos.
—¿Cómo entran?
—Tu papá les dio una copia de la llave.
La revelación cayó con una sencillez brutal.
Héctor conservaba una llave para emergencias.
Mateo nunca imaginó que la hubiera duplicado.
—¿Qué hacen cuando vienen?
Lucía se limpió la cara.
—Comen.
Invitan gente.
Usan la lavadora.
Iván trae amigos.
Norma revisa nuestras compras.
Selene tomó ropa de la bebé y dijo que podía venderla porque todavía no la necesitábamos.
—¿Vendió ropa de nuestra hija?
—Dos conjuntos.
Y también desapareció el esterilizador.
Mateo se quedó inmóvil.
Durante meses había ayudado a su familia con dinero.
Después de la muerte de su madre, Héctor se había vuelto dependiente de él para resolver trámites y cuentas.
Norma, hermana de Héctor, había ocupado poco a poco un lugar de autoridad.
Iván cambiaba de trabajo constantemente y siempre tenía una nueva explicación para necesitar ayuda.
Mateo creía que estaba evitando que su familia se hundiera.
Pero nunca se había preguntado si esa ayuda estaba convirtiéndose en otra cosa.
—¿Por qué no me lo contaste todo? —preguntó.
Lucía lo miró con una tristeza que le dolió más que cualquier reproche.
—Lo intenté.
Mateo recordó conversaciones que había minimizado.
“Tu hermano volvió a entrar sin avisar”.
“Norma hizo un comentario sobre el dinero”.
“Creo que necesitamos cambiar la cerradura”.
Y él había respondido siempre con alguna variante de lo mismo.
“Están pasando una mala etapa”.
“No quiero problemas ahora”.
“Después hablamos con ellos”.
Después nunca había llegado.
Lucía se dobló de pronto.
—Ah…
Mateo la sostuvo.
Su abdomen se endureció bajo la camiseta.
Miró el reloj.
La contracción duró casi un minuto.
—Nos vamos al hospital.
La ayudó a levantarse.
Al entrar en la sala, Norma los miró y señaló hacia la cocina.
—Todavía faltan platos.
Mateo creyó no haber escuchado bien.
—Lucía está teniendo contracciones.
Héctor abrió los ojos.
Iván pausó el juego.
Norma suspiró.
—Son falsas.
Pasa todo el tiempo al final del embarazo.
—Eso lo decidirá un médico.
Mateo tomó las llaves del auto.
Entonces Lucía dijo:
—Cuéntale lo de la cuenta.
La habitación quedó en silencio.
Mateo giró hacia ella.
—¿Qué cuenta?
Norma se puso de pie demasiado rápido.
—Ahora no es momento de empezar con tonterías.
Mateo la observó.
—No te he preguntado nada.
Lucía sacó del bolsillo un recibo doblado.
—Hoy fui a pagar mi próxima consulta.
La tarjeta fue rechazada.
—¿Por qué?
—Revisé el saldo.
Lucía tragó saliva.
—Faltan casi cuarenta mil pesos.
Mateo sintió que el aire desaparecía del cuarto.
Aquella cuenta contenía el fondo que habían reservado para el nacimiento.
—Eso es imposible.
—Pensé lo mismo.
Mateo miró a su padre.
Héctor no parecía confundido.
Parecía avergonzado.
—¿Sabes algo? —preguntó Mateo.
Su padre se puso lentamente de pie.
—Yo autoricé el retiro.
Mateo sintió un escalofrío.
—¿Cómo?
Norma habló antes que él.
—Se presentó una oportunidad para Iván.
Un local.
Una inversión pequeña.
Pensábamos devolverlo antes de que naciera la