Gabriel sobre el destino del dinero de Teresa.
Gabriel, por su parte, no era inocente.
Sabía que parte de los fondos de su madre terminaba en una empresa de Inés.
Había preferido no hacer preguntas porque quería conservar el estilo de vida que su nueva familia le ofrecía y porque admitir que necesitaba el dinero de Teresa destruía la imagen de independencia que había construido.
Cuando los abogados reconstruyeron las transferencias, descubrieron que 74.000 dólares de los 118.000 aportados por Teresa a la boda habían terminado temporalmente en Pacific Meridian antes de regresar a proveedores legítimos.
Otros 29.000 nunca volvieron.
Teresa exigió la devolución completa de todo importe que no hubiera ido realmente a la celebración.
No amenazó.
No negoció.
Arturo respaldó la devolución inmediata.
Inés aceptó firmarla.
Leonor se negó hasta que los administradores del fideicomiso congelaron varias operaciones relacionadas con sus sociedades.
Nicolás dimitió de dos consejos familiares mientras se realizaba la revisión.
La prensa económica terminó informando meses después de una reorganización de varias empresas Valcárcel, aunque los detalles personales nunca se hicieron públicos.
La boda, curiosamente, sobrevivió menos tiempo que la auditoría.
Gabriel e Inés cancelaron la luna de miel.
Durante seis semanas vivieron separados.
Teresa no le pidió a su hijo que se divorciara.
Tampoco le pidió que permaneciera casado.
Cuando él apareció una tarde en su casa, sin aviso, ella estaba cambiando una maceta en el patio.
Gabriel llevaba vaqueros y una camisa sencilla.
Parecía más parecido al hombre que había sido antes de conocer a los Valcárcel.
—Inés y yo estamos intentando resolverlo —dijo.
Teresa siguió llenando la maceta con tierra.
—Eso os corresponde a vosotros.
—Se ha distanciado de su madre.
—También le corresponde a ella.
Gabriel se sentó en el escalón.
—Sé que estás enfadada conmigo.
Teresa dejó la pala.
—No.
Estuve enfadada la noche de la boda.
—¿Y ahora?
—Ahora sé algo que antes no quería saber.
Él levantó la vista.
—¿Qué?
—Que eres capaz de utilizarme cuando tienes miedo de decepcionar a otra persona.
Gabriel bajó la mirada.
—Lo siento.
—Creo que lo sientes.
—Pero no basta.
—No.
Él asintió lentamente.
Durante los siguientes meses, Gabriel vendió el automóvil que había comprado poco después de comprometerse y devolvió a Teresa cada cantidad que había recibido para gastos que no podía justificar.
Ella no necesitaba el dinero, pero aceptó cada pago.
No porque quisiera castigarlo.
Porque quería que entendiera que una disculpa no convertía una decisión en inexistente.
Inés también fue a verla.
Llegó sola.
No llevaba joyas visibles ni el tono cuidadosamente cortés que había utilizado durante años.
—Yo elegí su mesa —admitió.
Teresa no respondió.
—Mi madre dijo que algunos invitados importantes debían estar más cerca.
Yo sabía que usted terminaría al fondo y dejé que ocurriera.
—¿Por qué?
Inés tardó en contestar.
—Porque me daba vergüenza que la gente supiera cuánto nos había ayudado.
—¿Te daba vergüenza mi ayuda o necesitarla?
Inés tragó saliva.
—Necesitarla.
Aquello, al menos, sonó verdadero.
—Y por eso decidiste esconder a la persona que estaba ayudando.
Inés asintió.
Teresa no la absolvió.
Tampoco la expulsó.
Hablaron casi una hora.
Gabriel e Inés continuaron casados, pero cambiaron muchas cosas.
Se mudaron a un apartamento que podían pagar con sus propios ingresos.
Inés dejó de participar en dos sociedades vinculadas a Leonor.
Gabriel contrató