inversiones y propiedades.
Ella recibía distribuciones anuales suficientes para vivir con enorme comodidad, pero existían restricciones estrictas para impedir que los beneficiarios utilizaran el patrimonio como garantía de negocios especulativos.
El problema era que Leonor Valcárcel, esposa de Arturo, consideraba aquellas restricciones un insulto.
Durante años había financiado proyectos sociales, inversiones inmobiliarias y sociedades de imagen mediante préstamos cruzados entre empresas familiares.
El hijo mayor de la pareja, Nicolás, había multiplicado el problema con dos inversiones hoteleras fallidas.
Arturo había intentado detenerlos.
Leonor había aprendido a rodearlo.
Inés, aparentemente, también.
—¿Gabriel sabía que mi dinero estaba cubriendo esto? —preguntó Teresa.
—No lo sé.
Arturo le mostró un correo impreso.
Una frase estaba subrayada.
“Su madre seguirá cubriendo la diferencia mientras Gabriel crea que es por la boda.”
El mensaje había salido de una cuenta de Inés hacia Leonor.
Teresa no dijo nada durante casi un minuto.
Luego preguntó:
—¿Por qué me está enseñando esto?
—Porque anoche descubrí que una parte del dinero utilizado para tapar las pérdidas de esas sociedades no venía de nuestra familia.
—Venía de mí.
—Sí.
—¿Y el prenupcial?
Arturo señaló una cláusula.
El acuerdo obligaba a cada cónyuge a revelar obligaciones superiores a determinada cantidad y prohibía utilizar fondos recibidos de terceros para respaldar sociedades no declaradas.
Una infracción grave podía activar una revisión financiera y mantener completamente separados determinados activos.
—Si Gabriel participó conscientemente —explicó Arturo—, tiene un problema serio.
Si lo engañaron, tiene otro tipo de problema.
El teléfono de Teresa vibró.
Gabriel estaba furioso por la cancelación del viaje.
Teresa lo llamó.
—¿Sabes qué es Pacific Meridian Consulting?
Hubo una pausa.
—¿Quién te habló de Pacific Meridian?
Teresa cerró los ojos.
Su hijo no había preguntado qué era.
Lo conocía.
—Ven al hotel —dijo—.
Solo.
Gabriel llegó veintiséis minutos después.
Cuando vio a Arturo, su irritación se convirtió en alarma.
—¿Qué está pasando?
Teresa colocó los extractos delante de él.
—Dímelo tú.
Gabriel pasó las primeras hojas con rapidez.
Después dejó de fingir sorpresa.
Admitió que sabía que Pacific Meridian pertenecía a Inés.
Ella le había explicado que la sociedad gestionaba gastos privados y que necesitaba liquidez temporal hasta recibir una distribución del fideicomiso.
—¿Sabías que mi dinero iba allí?
—Parte.
Teresa sintió un golpe sordo en el pecho.
—¿Parte?
—Pensé que me lo devolverían.
—Nunca me dijiste que era un préstamo.
—Porque sabía que dirías que no.
La frase quedó suspendida entre ellos.
Arturo habló entonces.
—Gabriel, mi esposa no controla las distribuciones del fideicomiso.
El joven frunció el ceño.
—Leonor dijo que…
—Leonor no tiene autoridad sobre esas cuentas desde hace nueve años.
Gabriel miró los documentos nuevamente.
Por primera vez pareció comprender que podía haber sido utilizado.
Eso no borraba lo que había hecho con su madre.
La puerta sonó.
Inés apareció con Leonor.
La tensión cambió inmediatamente.
Leonor entró como si la habitación le perteneciera.
—Arturo, estos documentos son privados.
—El dinero de Teresa también lo era.
—Ella se lo dio voluntariamente a su hijo.
Teresa respondió por primera vez.
—Le di dinero para una boda y una luna de miel.
No para cubrir las deudas de empresas que jamás había oído nombrar.
Inés miró a Gabriel.
—Nos vamos.
Él no se movió.
—¿Cuánto dinero de mi madre metiste en Pacific Meridian?
—No hagas esto aquí.
—¿Cuánto?
Leonor interrumpió.