primera.
Después la segunda.
La tercera llevaba un nombre familiar.
Adriana Mora Accesorios.
Sentí una presión seca en el pecho.
Tres años antes, la boutique de mi hermana había estado a punto de cerrar.
Yo me enteré por nuestra madre, no por Adriana.
—Está pasando una mala racha —me dijo Teresa entonces—.
Pero no se lo menciones.
Tiene mucho orgullo.
La frase me hizo reír por dentro.
Adriana podía burlarse de mi trabajo, pero su orgullo no soportaría recibir ayuda mía.
Así que encontré otra forma.
Una de nuestras filiales organizaba paquetes de bienvenida y regalos corporativos para hoteles y convenciones.
Necesitábamos proveedores de bolsos pequeños, pañuelos y accesorios.
La boutique de Adriana tenía buen producto.
Autoricé a Mariana para probar con ella.
Nunca usamos mi nombre.
El contrato se gestionó desde Grupo Arce Compras, una sociedad que Adriana no tenía por qué relacionar conmigo.
Los primeros pedidos fueron modestos.
Después crecieron.
Adriana cumplía fechas y calidad, así que el equipo siguió comprándole.
Yo dejé de intervenir.
Con el tiempo, mi hermana comenzó a hablar de sus “clientes corporativos exclusivos”.
En reuniones familiares decía que por fin había entrado en “otro nivel de mercado”.
Nunca la corregí.
Ahora tenía delante el informe del último año.
El setenta y uno por ciento de sus ingresos provenía de contratos relacionados con nosotros.
—¿Cuándo vence? —pregunté.
Mariana revisó la pantalla.
—Hoy a mediodía.
Renovación automática por otro trimestre.
—No lo renueves.
Mariana me observó unos segundos.
Ella conocía el parentesco.
—¿Por desempeño?
—No.
Cumplen bien.
—Entonces necesito una razón para el expediente.
Pensé en Vera mirando sus dedos.
—Cambio de política de proveedores.
Quiero cláusulas de conducta laboral y reputacional para todos los socios de la división.
Mariana levantó una ceja.
—Eso implicará revisar varios contratos.
—Hazlo.
No quería una regla inventada únicamente para castigar a mi hermana.
Si iba a exigir respeto, debía exigirlo a todos.
—Y busca dos proveedores nuevos.
Prioriza talleres que fabriquen directamente.
—Entendido.
A las doce y cuarenta y siete sonó mi teléfono.
Adriana.
Contesté.
—¿Tienes algo que ver con Grupo Arce Compras?
Ni siquiera saludó.
—Sí.
—¿Qué significa eso?
—Que forma parte de mi grupo de empresas.
Silencio.
—No.
—Sí.
—Ellos son mi cliente más importante.
—Lo sé.
—Acaban de avisarme que no renuevan.
—También lo sé.
Respiró con fuerza.
—¿Esto es por lo del sábado?
—Lo del sábado me hizo revisar una relación comercial que llevaba demasiado tiempo sin mirar personalmente.
—¡Fue una broma!
—Para ti.
Escuché una voz detrás de ella.
Mi madre.
—Ponme en altavoz —exigió Teresa.
Segundos después habló directamente.
—Elena, no puedes destruir el negocio de tu hermana porque te ofendiste.
—No me ofendí yo.
—Vera es una niña.
Se le va a olvidar.
—Quizá.
Pero yo no voy a enseñarle que debe olvidar cada vez que un adulto la humille.
Adriana volvió a intervenir.
—No mezcles familia y negocios.
—Precisamente eso estoy dejando de hacer.
—¿Qué quieres decir?
—Que mi empresa compraba tus productos porque eran adecuados.
Ahora cambiará de proveedor bajo una política nueva.
No te estoy pidiendo nada.
No estoy interfiriendo con tus otros clientes.
—¡Eres el setenta por ciento de mis ventas!
Su voz se quebró en la última palabra.
Ahí comprendí que ya había revisado los números.
—Entonces deberías haber diversificado tus clientes.
Mi madre soltó un