La risita de mi madre fue lo que más recordó Vera.
No el comentario de su tía.
No las niñas observándola junto al pastel.
Ni siquiera la funda azul que había bordado durante dos noches y que terminó de nuevo dentro de una caja.
Lo que mi hija de diez años recordó fue aquella pequeña risa adulta que le confirmó que, en esa habitación, nadie pensaba defenderla.
Dos días después, mi hermana Adriana descubriría que gran parte del éxito del que presumía dependía de una persona a la que llevaba años tratando como inferior.
Esa persona era yo.
Pero aquella tarde todavía no sabía nada.
Vera había comenzado el regalo el jueves, después de hacer la tarea.
Extendió sobre la mesa del comedor varios retazos que yo guardaba para enseñarle a coser y eligió una tela azul oscuro.
—A Julieta le gusta este color.
—¿Estás segura?
—Sí.
Y las margaritas amarillas.
Yo no recordaba haber escuchado a mi sobrina hablar de margaritas.
Vera sí.
Ese era uno de sus talentos.
Prestaba atención a cosas que los adultos solíamos perder entre mensajes, cuentas, pendientes y prisas.
Quería hacer una funda para las gafas de lectura que Julieta usaba en clase.
Midió una funda vieja, cortó la tela y después decidió bordar tres flores pequeñas cerca del cierre.
La primera salió torcida.
La segunda parecía, según ella, “una estrella enferma”.
A la tercera noche ya había deshecho el mismo pétalo cuatro veces.
—Podemos comprarle algo —le dije cuando vi sus ojos cansados.
Vera negó con la cabeza.
—Pero esto lo hice pensando en ella.
Aquella frase se me quedó grabada.
El sábado envolvió la funda en papel crema y escribió una tarjeta.
“Para que guardes algo que te ayuda a ver cosas bonitas”.
Cuando Gabriel la leyó, me miró por encima de la cabeza de nuestra hija.
—Esta niña nos va a dejar mal a todos.
Vera sonrió orgullosa.
La fiesta era en la terraza del edificio donde vivía Adriana, en una zona de Guadalajara donde los departamentos costaban más que el pequeño taller con el que yo había comenzado quince años atrás.
Mi hermana siempre había tenido una relación particular con el dinero.
No le gustaba únicamente tenerlo.
Le gustaba que se notara.
Su ropa llevaba marcas visibles.
Sus reuniones familiares parecían eventos corporativos.
Sus fotografías siempre incluían flores, copas, restaurantes o algún fondo que pudiera reconocerse como caro.
Yo, en cambio, había pasado buena parte de mi vida intentando que no se notara lo que tenía.
En parte por costumbre.
En parte por cansancio.
Y en parte porque nuestra madre, Teresa, había establecido desde que éramos jóvenes una especie de jerarquía silenciosa entre nosotras.
Adriana había estudiado mercadotecnia en una universidad privada.
Yo había empezado reparando uniformes mientras estudiaba diseño industrial por las noches.
Para mamá, esa diferencia nunca desapareció.
Aunque mi empresa creciera.
Aunque compráramos maquinaria.
Aunque comenzáramos a producir para clínicas, hoteles y cadenas de restaurantes.
Aunque llegáramos a emplear a casi ochenta personas.
Cuando alguien preguntaba a qué me dedicaba, Teresa decía:
—Elena cose.
No era falso.
Pero tampoco era toda la verdad.
Adriana había aprendido a utilizar la misma frase.
—Mi hermana, la que cose.
Como si yo siguiera sentada frente a una máquina doméstica en la cocina.
Gabriel odiaba esa costumbre más que yo.
Antes