hacia la puerta.
Su silencio fue suficiente.
Lucía comprobó su pulso y le ofreció pequeños sorbos del agua que llevaba consigo.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—No sé.
Me quitaron el reloj.
Teresa apareció detrás de Ramiro.
—Está exagerando.
Lo sacamos todos los días.
Lucía observó una bandeja de comida cubierta por una película endurecida y una mancha seca de café.
—¿Quién administra sus medicamentos?
—Yo —respondió su madre.
—¿Con qué indicación médica?
—Ya te dije que tiene médico.
—Dime su nombre.
Teresa guardó silencio.
Lucía sacó el teléfono.
Su padre dio un paso adelante.
—No llames a nadie hasta que hablemos.
Ella abrió una aplicación cifrada y presionó el botón de prioridad.
La respuesta llegó enseguida.
—Unidad Cinco.
Adelante, inspectora Salgado.
Ramiro se quedó quieto.
Valeria frunció el ceño.
—¿Inspectora?
Lucía mantuvo los ojos sobre su abuelo.
—Víctima vulnerable localizada en condiciones de confinamiento.
Posible administración irregular de sustancias.
Tenemos riesgo de destrucción de evidencia.
Ejecuten la orden de registro pendiente sobre el domicilio relacionado.
Solicito paramédicos y preservación completa del sitio.
Hubo una pausa breve.
—Recibido.
Equipos a menos de tres minutos.
Su padre parecía haber dejado de respirar.
—¿Qué orden pendiente?
Lucía levantó la mirada.
Aquella pregunta era importante.
No había mencionado a quién afectaba la orden.
Sin embargo, Ramiro había reaccionado como alguien que temía saberlo.
—Eso me gustaría descubrir —respondió.
Los vehículos llegaron poco después.
No hubo sirenas hasta entrar en la calle.
Entonces las luces azules iluminaron las fachadas y varios agentes descendieron con chalecos identificativos.
La expresión de Valeria cambió por completo.
—Lucía, esto es una locura.
—Aléjate de la puerta.
—Somos tu familia.
—Él también.
Dos paramédicos entraron al taller.
Uno examinó las pupilas de Ernesto y pidió una camilla.
Otro señaló que presentaba signos de deshidratación y posible sedación prolongada.
Cuando intentaron levantarlo, Ernesto aferró la manga de Lucía.
—No vinieron solo por mí.
Ella se inclinó.
—¿Qué quieres decir?
—Tu padre quería que firmara.
—¿Firmar qué?
—Mis terrenos.
Pero eso era solo una parte.
Ramiro dio media vuelta.
Fue un movimiento mínimo, pero Lucía lo vio.
Su padre no intentó acercarse al anciano.
Miró hacia el taller.
Luego echó a correr.
—¡Deténganlo!
Dos agentes lo interceptaron junto a la cochera.
Ramiro forcejeó apenas un instante antes de comprender que empeoraría su situación.
—¡No pueden hacer esto! —gritó—.
¡Soy dueño de esta propiedad!
—Entonces sabrá explicarnos perfectamente qué hay dentro —respondió Lucía.
En la casa, el equipo de registro empezó a documentar cada habitación.
La orden originalmente no había sido emitida contra Ramiro Salgado.
Se relacionaba con una sociedad mercantil llamada Horizonte Patrimonial del Centro, cuyo domicilio alternativo había aparecido esa misma mañana vinculado a la dirección de la familia.
Lucía todavía no había visto el informe completo cuando salió del trabajo para visitar a su abuelo.
Ahora recordaba algo que había pasado por alto al llegar.
Sobre el escritorio de Valeria había una carpeta con el logotipo de Horizonte.
Se dirigió a la casa.
—Nadie toque el despacho de Valeria hasta fotografiarlo —ordenó.
Su hermana perdió el color.
—Ese material pertenece a mi empresa.
—Precisamente.
—No sabes de qué estás hablando.
—Trabajo desde hace seis meses con operaciones de Horizonte Patrimonial.
Valeria abrió la boca, pero no dijo nada.
Por primera vez desde que eran niñas, Lucía vio miedo genuino en