Encerraron a su abuelo, pero él había escondido la prueba que faltaba

embargo, la cámara del corredor que llevaba al antiguo taller de Ernesto estaba fuera de servicio.

—Quiero verlo ahora.

Teresa soltó aire por la nariz.

—Está muy alterado últimamente.

Intentaba salir de noche, discutía, acusaba a todos de robarle.

Tuvimos que limitarle algunas cosas por su seguridad.

Lucía sintió que la frase podía significar demasiadas cosas.

—¿Limitarle qué?

Nadie respondió.

Entonces su madre, cansada de sostener la mentira, cometió el error.

—Lo dejamos en el cuarto de herramientas mientras se le pasa.

Está mejor allí que provocando problemas dentro de la casa.

Lucía se levantó tan rápido que la silla rozó el suelo.

—¿Lo encerraron?

—No uses esa palabra —dijo Ramiro.

Ella ya caminaba hacia la cocina.

Su padre se adelantó y bloqueó la puerta al patio.

—No vas a convertir una situación médica en un escándalo.

—Muévete.

—Esta sigue siendo mi casa.

Lucía lo miró durante un largo instante.

—Y si mi abuelo está privado de libertad contra su voluntad, dentro de cinco minutos eso será lo menos importante.

Valeria se rio desde la mesa.

—¿Qué vas a hacer? ¿Llenarnos un formulario?

La familia entera había construido durante años una caricatura de Lucía.

La funcionaria mal pagada.

La hija sin ambición.

La hermana que había desperdiciado una carrera brillante para sentarse bajo luces fluorescentes a sellar papeles.

Lucía nunca se había molestado en corregirlos.

No podía hacerlo.

Su trabajo en la Dirección Especial de Delitos Patrimoniales incluía operaciones reservadas sobre fraude organizado, falsificación de poderes, despojo de bienes y explotación económica de personas vulnerables.

Desde hacía seis meses, además, investigaba una red que utilizaba identidades de adultos mayores para transferir propiedades mediante documentos manipulados.

Hasta aquella noche no había tenido motivos para relacionar el expediente con su propia familia.

Ramiro finalmente se apartó.

Lucía abrió la puerta y salió.

Una lluvia fina había empezado a cubrir el patio.

Al fondo, detrás de la cochera, se encontraba el taller donde Ernesto reparaba muebles y guardaba herramientas desde antes de que ella naciera.

Ahora tenía un cerrojo de acero nuevo colocado por fuera.

Lucía corrió.

—¡Abuelo!

Golpeó la madera.

Nada.

Volvió a golpear.

—¡Soy Lucía!

Entonces escuchó tres sonidos débiles.

Tac.

Tac.

Tac.

Venían del interior.

Ramiro llegó detrás de ella.

—Está confundido.

Si lo sacas puede lastimarse.

—Dame la llave.

—No.

Aquella negativa eliminó cualquier resto de duda.

Lucía abrió su bolso y sacó una herramienta compacta de entrada que utilizaba su equipo durante inspecciones judiciales.

El cierre no era especialmente sofisticado.

Tardó menos de medio minuto.

Valeria había salido al patio y la observaba con el ceño fruncido.

—¿Qué demonios llevas en ese bolso?

Lucía empujó la puerta.

El olor la obligó a contener la respiración.

Humedad.

Ropa sucia.

Comida vieja.

Un cubo utilizado como baño.

Ernesto estaba sentado en el suelo sobre una manta doblada.

Tenía un jersey fino, calcetines y nada más para protegerse del frío.

Un calefactor descansaba junto a la pared sin estar conectado.

Había una botella vacía cerca de su mano.

Cuando levantó la mirada, Lucía vio un moretón oscuro alrededor de una muñeca.

—Abuelo.

Se arrodilló a su lado.

Ernesto tardó varios segundos en reconocerla.

Después su rostro se quebró.

—Viniste.

—Claro que vine.

—Ellos dijeron que no querías volver a verme.

Lucía apretó la mandíbula.

—¿Quién te dijo eso?

El anciano miró

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