Encerraron a su abuelo, pero él había escondido la prueba que faltaba

Durante años, la familia de Lucía Salgado había encontrado distintas formas de llamarla fracasada.

Al principio eran bromas durante los cumpleaños.

Después fueron comparaciones abiertas con su hermana Valeria, directora comercial de una inmobiliaria y orgullosa propietaria de un apartamento nuevo, un automóvil importado y una vida cuidadosamente exhibida en redes sociales.

Lucía, en cambio, había dejado un prestigioso despacho jurídico para aceptar un cargo en una institución pública de la que casi nunca hablaba.

Su padre resumía aquella decisión con una frase:

—Cambiaste futuro por burocracia.

Lucía había aprendido a no discutir.

Había una sola persona en la familia cuya opinión le importaba: su abuelo Ernesto.

Cuando todos le preguntaban cuánto ganaba, Ernesto quería saber si dormía tranquila.

Cuando su madre insinuaba que ninguna mujer inteligente rechazaba un salario alto, él le servía café y le decía que una profesión valía por lo que uno podía defender con ella.

Por eso, cuando Ernesto dejó de responder el teléfono, Lucía supo que algo estaba mal.

El primer día creyó que había olvidado cargar el móvil.

El segundo llamó al teléfono fijo.

Valeria respondió y aseguró que el abuelo estaba durmiendo.

El cuarto día su madre dijo que Ernesto estaba cansado de hablar con todo el mundo.

Al séptimo, Lucía pidió escucharlo directamente.

—No seas obsesiva —respondió su padre—.

Está perfectamente.

Al undécimo día, Lucía condujo hasta la casa familiar en Querétaro sin avisar.

Llegó al anochecer.

Su madre abrió la puerta con una expresión que no era exactamente sorpresa.

Era molestia.

—Podrías haber llamado.

—Lo hice once días.

La respuesta incomodó a Teresa, aunque solo durante un segundo.

—Tu abuelo está descansando.

Lucía entró.

La casa olía a carne asada, romero y el perfume caro que su hermana utilizaba desde hacía años.

En el comedor estaban Ramiro, su padre, y Valeria.

Había cuatro platos servidos.

Ninguno era para Ernesto.

Aquella fue la primera señal visible.

—¿Dónde está el abuelo?

Ramiro señaló una silla.

—Primero siéntate.

Lucía permaneció de pie.

—Quiero verlo.

Valeria dejó su teléfono junto a la copa.

—Siempre haces lo mismo.

Llegas después de meses y pretendes dirigir la casa.

—Hablaba con él tres veces por semana.

—Pues últimamente no quería hablar contigo.

La frase dolió más de lo que Lucía esperaba, pero no la creyó.

Ernesto podía enfadarse.

Podía ser terco.

Jamás cortaba una relación sin explicar por qué.

Lucía tomó asiento únicamente porque quería observarlos.

Era algo que hacía de manera automática desde que trabajaba en investigación: mirar primero, preguntar después.

Su padre llevaba un llavero que ella no reconocía.

Entre las llaves había una pequeña pieza metálica con etiqueta roja.

Valeria tenía polvo de cemento en el borde inferior de un pantalón que costaba demasiado para usarlo haciendo reparaciones.

Cerca del fregadero, parcialmente oculta detrás de una cafetera, había una caja vacía de un sedante que Lucía conocía por expedientes anteriores.

La receta estaba a nombre de Ernesto Salgado.

—¿Desde cuándo toma esto? —preguntó, levantando la caja.

Su madre la tomó de su mano.

—El médico se lo indicó.

—¿Qué médico?

—No recuerdo el apellido.

—¿Dónde está la receta?

Ramiro golpeó suavemente la mesa con los nudillos.

—Basta de interrogatorios.

Lucía miró el monitor de seguridad instalado sobre una repisa.

Seis cámaras protegían la propiedad.

Entrada principal.

Cochera.

Jardín delantero.

Cocina.

Pasillo superior.

Patio.

Sin

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