todavía no sabes.
Daniel dio un paso atrás y soltó una carcajada amarga.
—Siempre haces eso.
—¿Qué cosa?
—Hablar como si escondieras algo enorme para no explicar nada.
Verónica intervino.
—Daniel dejó de dormir por esta deuda.
Nos llaman todos los días.
Ayer fueron al departamento.
¿Y usted está preocupada por guardar dinero que ni siquiera usa?
Teresa sintió una punzada en el costado y apoyó discretamente una mano sobre la mesa.
Desde hacía meses sabía que algo no estaba bien con su cuerpo.
Primero había sido el cansancio.
Después las náuseas.
Finalmente llegaron los análisis, las consultas y una frase que todavía escuchaba cada noche cuando intentaba dormir.
Sus riñones estaban fallando.
No se lo había contado a Daniel.
Al principio porque él estaba luchando por mantener abierto el negocio.
Después porque había escuchado la preocupación en su voz cada vez que hablaban de dinero.
Y, finalmente, porque comenzó a temer que su enfermedad se convirtiera en otra deuda para él.
—Daniel —dijo con calma—, hay dinero que no se puede gastar solamente porque está ahí.
—Claro.
Porque tú decides quién merece ayuda.
—No dije eso.
—Soy tu único hijo.
—Precisamente por eso.
Daniel golpeó la mesa con la palma.
El vaso de Teresa vibró.
—¡Entonces dame la libreta del banco!
Ella se quedó inmóvil.
Verónica miró hacia el aparador de madera junto a la pared.
—Debe guardarla en algún cajón.
Daniel comenzó a abrirlos.
—No hagas eso —pidió Teresa.
Sacó sobres, facturas, fotografías y una pequeña caja de costura.
—Daniel, basta.
Él abrió otro cajón.
La caja cayó al suelo.
Botones y fotografías antiguas quedaron desperdigados sobre las baldosas.
Teresa vio una imagen de Daniel a los siete años, sonriendo sin dos dientes delanteros, y se agachó inmediatamente a recogerla.
—¡Te dije que basta!
Daniel intentó apartarla.
Ella se sostuvo del borde de la mesa.
—Ese dinero no es para comprarte tiempo cada vez que tomas una mala decisión —dijo.
Daniel se quedó rígido.
Teresa nunca le hablaba así.
—¿Eso piensas de mí?
—Pienso que eres mi hijo.
Y precisamente porque te quiero, no puedo entregarte todo lo que me pides sin decirte que algo está mal.
—No necesito sermones.
—Y yo no necesito que vengas a mi casa a exigirme lo que no es tuyo.
Verónica murmuró:
—Increíble.
Daniel giró hacia su madre.
—¿Sabes qué es increíble? Que me hayas visto hundirme durante meses pudiendo ayudarme.
Teresa sintió que las piernas le temblaban.
—Tú no sabes lo que he hecho por ayudarte.
—Entonces dímelo.
Ella abrió la boca.
Podía contarle la verdad.
Podía hablar de las consultas, de los análisis, de la enfermedad y de las llamadas que había hecho en secreto a los acreedores de Daniel.
También podía contarle que había firmado como aval de uno de sus primeros créditos comerciales porque él necesitaba respaldo y estaba demasiado orgulloso para pedírselo directamente.
Pero vio la furia en su rostro y se quedó callada.
—Eso pensé —dijo él.
Daniel estiró la mano hacia el bolsillo delantero del delantal, donde Teresa guardaba una pequeña llave.
Ella retrocedió.
—No.
—Dámela.
—Daniel.
—¡Dámela!
Él la sujetó del brazo.
Teresa intentó soltarse.
—Me estás lastimando.
Algo cambió en la expresión de Daniel, pero el orgullo fue más rápido que la vergüenza.
La empujó para apartarla.
Teresa chocó contra la mesa.
Un