Cuando Daniel empujó a su madre contra la mesa por cuarenta mil dólares, creyó que estaba enfrentándose a una mujer egoísta.
Veinticuatro horas después, descubriría que Teresa llevaba meses sacrificándose precisamente para salvarlo a él.
La casa de Teresa Molina estaba en una calle estrecha del sur de San Antonio, Texas, donde los domingos olían a tortillas calientes, césped recién cortado y carne asándose en patios pequeños.
A sus 69 años, Teresa llevaba una vida sencilla.
No tenía joyas costosas ni muebles nuevos.
Conservaba el mismo sofá color café desde hacía más de una década y todavía utilizaba una cafetera que Daniel le había regalado cuando consiguió su primer empleo.
Aquella tarde había preparado caldo de pollo con calabacitas, zanahoria y arroz.
Sirvió un plato para ella y dejó otro cubierto junto a la estufa.
Era una costumbre absurda, lo sabía.
Su hijo no le había anunciado que iría.
En realidad, Daniel apenas la había visitado en los últimos cuatro meses.
Pero Teresa seguía reservando comida para él cada domingo.
A las dos y veinte escuchó un automóvil detenerse frente a la casa.
Por un instante sonrió.
Después vio por la ventana el sedán negro de Verónica y la sonrisa desapareció.
Daniel bajó primero.
Cerró la puerta con fuerza.
Su esposa salió por el otro lado y caminó detrás de él con el teléfono en una mano y los labios apretados.
No tocaron.
Daniel abrió con la llave que todavía conservaba desde su juventud.
—Mamá.
Teresa apareció en el pasillo secándose las manos con el delantal.
—Hijo.
Pensé que quizá no vendrías.
Hice caldo.
Está todavía caliente.
—No venimos a comer.
Verónica apenas inclinó la cabeza a modo de saludo.
Teresa miró a su hijo.
Tenía treinta y seis años, pero cuando estaba preocupado se mordía por dentro la mejilla exactamente como a los doce.
—¿Qué pasó?
Daniel lanzó las llaves sobre la mesa.
—Ya sabes qué pasó.
Ella guardó silencio.
—El dinero —añadió él.
Teresa bajó la mirada hacia el suelo.
Semanas atrás, durante una conversación con una prima, Daniel se había enterado de que su madre tenía ahorros.
No conocía la cifra exacta al principio.
Después encontró un antiguo comprobante bancario y calculó que podía haber más de cuarenta mil dólares.
Desde entonces, cada llamada terminaba igual.
Daniel necesitaba dinero.
Dos años antes había abierto una pequeña empresa de instalación de pisos junto con un conocido.
El socio había desaparecido dejando facturas, préstamos y contratos incompletos.
Daniel intentó sostener el negocio usando tarjetas de crédito y refinanciando su automóvil.
Ahora debía más de lo que podía pagar.
—Me dieron hasta el viernes —dijo—.
Si no deposito por lo menos quince mil, van a iniciar el proceso legal.
Teresa apretó los dedos bajo el delantal.
—Lo siento.
Daniel la miró incrédulo.
—¿Lo sientes?
—Sí.
—Tienes dinero guardado.
—Tengo algunos ahorros.
Verónica soltó una pequeña risa.
—Algunos.
Teresa volvió la mirada hacia ella.
—Ese dinero tiene un propósito.
—¿Cuál? —preguntó Daniel—.
¿Morirte con él en el banco?
El comentario quedó suspendido en la cocina.
Incluso Verónica pareció incómoda durante un segundo.
Teresa respiró con dificultad, pero no respondió.
Daniel se acercó.
—Mamá, estoy a punto de perderlo todo.
—Lo sé.
—Entonces ayúdame.
—No puedo darte ese dinero.
—¿No puedes o no quieres?
Teresa lo observó con tristeza.
—Hay cosas que