Los tres golpes contra el cristal fueron tan débiles que cualquier otra persona habría seguido caminando.
Elena Morales no pudo hacerlo.
Se quedó junto a su automóvil, bajo una lluvia fría de octubre, mirando hacia la pequeña construcción pegada al muro trasero de la casa de su hija.
Tac.
Tac.
Tac.
Después, una palma apareció detrás del vidrio empañado.
Solo durante un segundo.
Pero fue suficiente.
Elena volvió la cabeza hacia Julián, su yerno, que seguía de pie en el porche.
Él también había visto la mano.
Y durante ese instante perdió el control de su rostro.
El miedo apareció antes de que pudiera ocultarlo.
—Debe ser una rama —dijo.
Elena miró nuevamente hacia la ventana.
No había árboles junto a ella.
—Claro —respondió.
Fingió creerle.
Era una habilidad que había perfeccionado durante treinta y cuatro años trabajando como enfermera de urgencias.
Había visto esposos jurar que una caída por las escaleras explicaba marcas que tenían claramente la forma de dedos.
Había escuchado a personas asegurar que estaban perfectamente bien mientras su presión arterial se desplomaba.
Había aprendido que las palabras podían prepararse.
El cuerpo, en cambio, casi siempre reaccionaba antes.
Y el cuerpo de Julián acababa de decirle que algo estaba terriblemente mal.
Seis días antes, Lucía había enviado a su madre un audio de diecisiete segundos.
“Ma, saliendo de la oficina.
Estoy muerta de hambre.
Mañana te cuento una cosa rarísima que descubrí.
Recuérdame, porque seguro se me olvida.
Te quiero.”
Había sido el último contacto.
Al día siguiente, Elena le escribió.
No hubo respuesta.
Pensó que estaba ocupada.
El segundo día llamó dos veces.
Nada.
El tercero dejó de convencerse de que aquello era normal.
Lucía tenía treinta y cinco años, dirigía el área administrativa de una empresa de suministros médicos y no necesitaba informar a su madre de cada movimiento.
Elena lo sabía.
Siempre había intentado respetar su independencia.
Pero tenían una costumbre que había sobrevivido a mudanzas, trabajos y matrimonios: nunca pasaban más de dos días sin enviarse aunque fuera un mensaje absurdo.
Una fotografía de un perro dormido en la calle.
Una receta.
Una queja sobre el tráfico.
Algo.
El cuarto día Elena llamó a Julián.
—Está descansando —dijo él.
—¿Descansando dónde?
—En casa.
—Pásamela.
—Está dormida.
El quinto día volvió a llamar.
Esta vez Julián dijo que Lucía había salido.
El sexto día aseguró que se había marchado a un retiro de meditación en la sierra.
Fue entonces cuando Elena metió una muda de ropa en una bolsa, llenó el tanque de su viejo sedán y condujo desde San Luis Potosí hasta Querétaro.
Julián abrió la puerta con aquella sonrisa que Elena nunca había terminado de aceptar.
Era un hombre atractivo, correcto, de voz tranquila.
Trabajaba como asesor financiero y parecía tener una respuesta razonable para todo.
Precisamente eso era lo que inquietaba a Elena.
Las personas inocentes podían confundirse.
Julián nunca lo hacía.
—Lucía necesitaba desconectarse —dijo.
—¿Sin avisarme?
—Últimamente estaba muy alterada.
La palabra irritó a Elena.
Julián llevaba años utilizándola.
Cuando Lucía discutía con él porque llegaba a casa a las tres de la madrugada, estaba alterada.
Cuando descubrió que había movido dinero de su cuenta conjunta sin consultarle, estaba exagerando.
Cuando se quejó de que Teresa, la madre de Julián, entraba en la casa utilizando una llave propia, Lucía