Se burlaron de ella tras el divorcio, hasta descubrir quién financiaba su imperio

había llegado, su arrogancia desapareció.

Teresa tomó la palabra.

—Entonces todavía puedes detener esto.

—Puedo evitar que los errores de algunas personas destruyan toda la compañía.

Camila empujó un documento hacia ella.

Era una propuesta de reestructuración.

Los proyectos saludables continuarían.

Los trabajadores conservarían sus puestos.

Los proveedores esenciales serían pagados.

Pero la dirección ejecutiva quedaría temporalmente suspendida mientras terminaba la investigación.

Teresa leyó dos páginas.

—Estás pidiendo que Julián deje la dirección.

—Temporalmente, mientras se determine quién presentó información falsa.

—Es la empresa de su abuelo.

—Y precisamente por eso debería importarle que sobreviva.

Julián tomó el documento.

—No puedes decidir esto.

Ernesto intervino.

—Los contratos de financiamiento permiten solicitar cambios de administración ante una posible falsificación material.

—¿Y el consejo aceptará?

—El consejo se reúne el lunes.

Julián miró a Camila.

—Entonces esta cena sí era una humillación.

Ella negó.

—No invité a treinta y siete personas para humillarte.

Invitaste tú mismo a casi toda tu familia cuando compartiste la dirección en el chat.

Paula bajó la mirada.

Era verdad.

—Yo invité a Teresa, a ti y a Paula —continuó Camila—.

Los demás decidieron venir porque creían que verme fracasar sería entretenido.

Nadie tuvo respuesta.

La cena llegó, pero apenas tocaron los platos.

Después de varios minutos, Teresa habló con un tono distinto.

—Camila, lo que dije afuera del juzgado fue cruel.

Camila dejó los cubiertos.

—Sí.

Teresa parecía esperar algo más.

—Durante años pensé que mi hijo te había dado una vida que tú sola no podías tener.

—Lo sé.

—Y nunca me corregiste.

—No era mi responsabilidad convencerla de tratarme con respeto.

La frase dejó a Teresa sin defensa.

Julián observaba la mesa.

—¿Alguna vez pensabas decírmelo?

Camila respiró despacio.

—Muchas veces.

—¿Qué pasó?

Ella recordó una cena dos años atrás.

Había estado a punto de contarle todo después de que Valdivia Capital cerrara una operación importante.

Esa noche, Julián regresó del club con dos amigos.

No sabía que Camila escuchaba desde el pasillo.

—Mi esposa es buena mujer —les dijo—, pero no entendería negocios de verdad.

Hay personas que nacen para acompañar y otras para dirigir.

Camila regresó al dormitorio sin hacer ruido.

—Entendí que no conocías ni siquiera la parte de mí que tenías enfrente —dijo ahora—.

Revelarte mi patrimonio no iba a solucionar eso.

Julián se quedó callado.

Pero la auditoría todavía ocultaba algo más grave.

Ernesto recibió un mensaje y se acercó a Camila.

Ella lo leyó.

—Llegó.

Teresa levantó la cabeza demasiado rápido.

Camila lo notó.

—Hay otra razón por la que los cité esta noche.

Julián frunció el ceño.

—¿Cuál?

—Hace una semana, una persona que trabajó en Arriaga Desarrollos nos contactó.

Dijo conservar copias de transferencias que no aparecen en los estados financieros entregados al consejo.

Julián palideció.

—¿Quién?

Teresa apretó la servilleta entre las manos.

Camila miró hacia la puerta.

—Está a punto de entrar.

Segundos después apareció un hombre de unos cincuenta años, delgado, con barba entrecana y una carpeta negra bajo el brazo.

Julián se puso de pie.

—Ramiro.

Ramiro Castañeda había sido director financiero de Arriaga Desarrollos durante doce años.

También había sido despedido por Teresa ocho meses antes.

—Buenas noches —dijo Ramiro.

Teresa perdió el color.

—No tienes derecho a estar aquí.

—La señora Valdivia me invitó.

Julián miró a Camila.

—Este hombre robó

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