Cuando Valeria Reyes abrió los ojos en una habitación blanca del Hospital San José de Monterrey, tardó varios segundos en recordar por qué respiraba con dificultad.
Había luces tenues sobre su cabeza, una vía en el brazo izquierdo y una presión dolorosa bajo las costillas.
Alguien había colocado una manta sobre sus piernas.
Afuera, detrás de las persianas, el cielo estaba cubierto por nubes grises.
Entonces miró su mano derecha.
El anillo había desaparecido.
No preguntó por la cirugía.
No preguntó cuánto tiempo llevaba ahí.
Ni siquiera buscó su teléfono.
—¿Dónde está? —murmuró.
La enfermera que revisaba una bomba de infusión se acercó.
—Valeria, no intentes incorporarte.
Estuviste sedada bastante tiempo.
Pero ella apenas la escuchaba.
Alrededor de su dedo quedaba una marca pálida, casi perfecta.
Cinco meses antes, Mateo le había colocado ahí un anillo de platino con un zafiro azul profundo que había pertenecido a su abuela.
No era una piedra impecable.
Tenía dos diminutas marcas visibles bajo cierta luz.
A Valeria le encantaban precisamente por eso.
—Mi abuela lo usó cuarenta y siete años —le había contado Mateo la noche de la propuesta—.
Mi mamá quiso guardarlo, pero dijo que las cosas importantes no deberían vivir encerradas en cajas.
El joyero había reconstruido el engaste y añadido dos diamantes pequeños a los lados.
Mateo había ahorrado durante meses para pagarlo.
Valeria sabía cuánto significaba para él.
Y recordaba perfectamente la última persona que lo había tenido.
Su madre.
Horas antes de entrar a quirófano, Valeria se había desplomado durante una reunión en la oficina.
Una hemorragia interna provocada por la ruptura inesperada de un quiste había hecho caer su presión peligrosamente.
Mateo llegó al hospital cuando los médicos ya preparaban la cirugía.
Patricia, su madre, apareció veinte minutos después.
Antes de llevarla al quirófano, una doctora pidió retirar todas las joyas.
Valeria tenía las manos débiles.
Patricia le quitó el anillo.
—Guárdalo, mamá —susurró Valeria.
—Claro.
—No se lo des a nadie.
Su madre había puesto una mano sobre su frente.
—Soy tu madre.
Confía en mí.
Después todo se volvió luces, voces y oscuridad.
Ahora el dedo estaba vacío.
—¿Dónde está Mateo? —preguntó.
Como si hubiera escuchado su nombre desde el pasillo, él apareció en la puerta.
Llevaba una camiseta oscura arrugada, tenis, barba de varios días y unas ojeras profundas.
—Vale.
Se acercó tan rápido que chocó con una silla.
Ella extendió la mano.
—Mi anillo.
Mateo miró el dedo vacío.
Su silencio duró menos de dos segundos.
Fue suficiente.
—¿Dónde está? —repitió Valeria.
—Tu mamá dijo que lo tenía guardado.
—¿Dijo dónde?
—No.
La enfermera miró a ambos, comprobó los monitores y salió prometiendo regresar.
Valeria esperó a que la puerta se cerrara.
—Dime todo.
Mateo respiró hondo.
La cirugía había durado cuatro horas.
Valeria necesitó transfusiones y pasó casi dos días bajo sedación.
Patricia y Ernesto, sus padres, permanecieron en el hospital durante la primera noche.
A la mañana siguiente, Patricia se fue.
—Dijo que Nicolás tenía un asunto urgente —explicó Mateo.
Valeria soltó una risa débil que terminó en una mueca de dolor.
Su hermano menor podía convertir una semana tranquila en una emergencia con sorprendente facilidad.
Nicolás había probado más negocios de los que Valeria podía recordar.
A los veintidós quiso organizar fiestas.
Después revendió tenis.
Luego comenzó a importar suplementos.