Mi esposo pidió el divorcio por una herencia y activó una cláusula oculta

Mauricio.

El abogado lo dejó sonar.

“Hay algo más”, dijo.

Antes de que pudiera continuar, la puerta se abrió con violencia.

Mauricio entró sin chaqueta, respirando con dificultad.

Detrás de él apareció una mujer de cabello oscuro y traje beige.

Clara la reconoció de inmediato.

Verónica Sáenz.

Mauricio la había presentado seis meses antes como asesora de una empresa inmobiliaria con la que supuestamente negociaba.

Verónica llevaba un sobre grueso en la mano.

El nombre de Clara estaba escrito al frente.

“¿Qué haces aquí?”, preguntó Clara.

Verónica cerró la puerta.

“Intentando evitar que Mauricio destruya también mi vida.”

Mauricio giró hacia ella.

“Cállate.”

Ramiro se puso de pie.

“Señor Salvatierra, si vuelve a hablarle así a alguien en mi despacho, llamaré a seguridad.”

Mauricio señaló el sobre.

“No le creas.

Está resentida porque nuestro negocio salió mal.”

Verónica lo miró con desprecio.

“Nunca tuvimos un negocio real.”

Clara sintió que el aire cambiaba.

“Entonces, ¿qué tenían?”

Verónica no respondió enseguida.

Miró a Mauricio.

Él la observaba como si pudiera detenerla solo con los ojos.

Finalmente ella extendió el sobre hacia Clara.

“Él me prometió que se divorciaría de ti en cuanto recibiera la herencia.”

Clara no tomó el sobre todavía.

No por sorpresa absoluta.

Por la forma en que, de repente, pequeñas escenas de los últimos meses adquirieron sentido: llamadas en el balcón, cenas canceladas, perfumes desconocidos en el automóvil, reuniones que terminaban demasiado tarde.

“¿Desde cuándo?”

“Ocho meses.”

Mauricio golpeó la mesa con la palma.

“Eso no tiene nada que ver con el testamento.”

Ramiro lo miró con frialdad.

“En realidad, puede tener mucho que ver.”

Clara abrió el sobre.

Había impresiones de mensajes, comprobantes de transferencias y fotografías.

Una de ellas mostraba a Mauricio y Verónica visitando la casa frente al mar cuya impresión Clara había visto sobre el sofá.

La fecha era de tres semanas antes.

“Ya estaban eligiendo casa”, murmuró Clara.

Verónica bajó la mirada.

“Él decía que la compra sería inmediata después de la lectura del testamento.

Me dijo que tú aceptarías el divorcio porque no tenías dinero para pelear.”

Mauricio se volvió hacia Clara.

“Escúchame.

Ella está manipulando todo.”

Clara levantó una de las transferencias.

“¿También inventó esto?”

Eran depósitos desde una cuenta que Clara no conocía hacia una empresa de Verónica.

Ramiro pidió verlos.

Después de unos segundos, su expresión cambió.

“¿De dónde salió este dinero?”

Mauricio no respondió.

Ramiro levantó la vista.

“Esta cuenta está vinculada a una sociedad que pertenece parcialmente a Don Ernesto.”

Mauricio palideció.

Verónica dio un paso atrás.

“Yo no sabía eso.”

“Claro que no”, dijo Mauricio.

“Porque no es cierto.”

Ramiro tomó el teléfono y llamó a uno de sus asistentes.

Le dictó el número de cuenta y pidió verificarlo.

La respuesta llegó minutos después.

El dinero provenía de una compañía donde Mauricio tenía autorización limitada para realizar pagos operativos durante la enfermedad de Don Ernesto.

Había usado parte de esos fondos para financiar su nueva vida.

Clara observó a su esposo en silencio.

El hombre que una hora antes bebía champaña ahora evitaba mirar a todos.

“¿Cuánto?”, preguntó ella.

Ramiro revisó las hojas.

“Al menos tres millones y medio de pesos en los documentos que tenemos aquí.

Puede haber más.”

Mauricio se sentó.

La arrogancia comenzó a quebrarse.

“Yo iba a devolverlo después de recibir la

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