El día en que Mauricio Salvatierra creyó haberse convertido en millonario, decidió que su esposa era lo primero que debía desaparecer de su nueva vida.
Clara Méndez recibió la llamada a las 3:08 de una tarde de jueves, mientras revisaba contratos en una pequeña empresa de logística de Guadalajara.
Afuera llovía con fuerza.
Dentro de la oficina, los teléfonos sonaban, alguien discutía con un proveedor y una cafetera vieja expulsaba vapor junto a la ventana.
El nombre de Mauricio apareció en su pantalla.
Clara sonrió por costumbre antes de contestar.
La sonrisa duró menos de diez segundos.
“Por fin pasó”, dijo él.
“¿Qué pasó?”
“Murió mi padrino.”
Clara se enderezó en la silla.
Don Ernesto Salvatierra llevaba meses delicado de salud.
Había sido el hombre que crió a Mauricio desde adolescente, después de que su padre desapareciera y su madre emigrara al norte.
Su relación, sin embargo, se había enfriado con los años.
Clara esperaba escuchar tristeza.
Escuchó emoción.
“Me dejó todo”, continuó Mauricio.
“La finca, los edificios, las acciones, las inversiones.
Todo.
Ramiro me confirmó esta mañana que el testamento ya estaba cerrado.
Estamos hablando de una fortuna.”
Clara frunció el ceño.
“¿Ramiro te dijo eso exactamente?”
“No importa.
Lo importante es que se acabaron los problemas.”
“¿Qué problemas?”
Hubo una pausa.
Entonces Mauricio pronunció la frase que ella recordaría durante años.
“Nosotros.”
Clara dejó de mirar la computadora.
“¿Qué dijiste?”
“Que ya no tengo razones para seguir fingiendo que este matrimonio funciona.”
El ruido de la oficina pareció alejarse.
“Mauricio…”
“Los papeles del divorcio están en el departamento.
Ya hice que los prepararan.
Firma y recoge tus cosas.
Quiero resolverlo rápido.”
“¿Cuándo mandaste preparar esos documentos?”
Otra pausa.
“Clara, no hagas esto más difícil.”
“¿Desde cuándo?”
“Eso ya no importa.”
La llamada terminó.
Clara mantuvo el teléfono pegado al oído varios segundos después de escuchar el silencio de la línea.
Durante siete años de matrimonio había visto a Mauricio perder dinero, entusiasmarse, prometer cambios, comenzar negocios y abandonarlos.
Ella había cubierto alquileres atrasados, préstamos, seguros y hasta una deuda que él ocultó durante cinco meses por vergüenza.
Nunca se consideró mártir.
Lo había hecho porque eran una pareja.
O eso creía.
El trayecto al apartamento duró cuarenta minutos.
Mauricio no volvió a llamar.
Cuando Clara abrió la puerta, encontró un escenario preparado con una precisión que dolía más que cualquier grito.
Sobre la mesa del comedor había un expediente gris.
Al lado, un bolígrafo plateado.
Junto a la entrada, dos maletas abiertas contenían parte de su ropa.
En la cocina, Mauricio servía champaña.
Llevaba una camisa blanca nueva y un reloj que Clara no recordaba haber visto.
“Llegaste rápido”, comentó él.
Clara miró las maletas.
“¿Empezaste a empacar mis cosas?”
“Quería ahorrarnos una escena.”
En el sofá había un folleto de autos deportivos.
Sobre la barra, una impresión a color mostraba una casa frente al Pacífico con piscina infinita.
Su nueva vida ya tenía coche, casa y vista al mar.
Solo faltaba borrar a la mujer que había financiado la anterior.
Clara se acercó a la mesa y abrió el expediente.
El acuerdo era breve.
Cada uno conservaría las cuentas y bienes registrados a su nombre.
Mauricio renunciaba a pedir parte de los ahorros de Clara y ella renunciaba a reclamar cualquier derecho presente o futuro sobre herencias