marca en el aparador donde mi hombro había golpeado aquella noche.
Durante años habría pensado que esa marca representaba mi peor momento.
Ahora significaba otra cosa.
Fue el último instante en que aquella familia creyó que podía golpearme, quitarme dinero, contarme mentiras y esperar obediencia.
Saqué el escritorio de mi abuela con ayuda de dos trabajadores.
Antes de cerrar la puerta, miré la casa una vez más.
No sentí triunfo.
Tampoco nostalgia.
Sentí espacio.
Espacio para elegir a quién creer.
Espacio para conservar lo que era mío.
Espacio para hacer preguntas sin pedir permiso.
Y mientras llevaba la vieja libreta azul hacia mi nuevo departamento, recordé una sola frase escrita por mi abuela:
“Camila pregunta demasiado.
Ojalá nunca deje de hacerlo.”
Sonreí.
Esta vez, nadie estaba allí para castigarme por ello.