de pie lentamente.
Ernesto me señaló la escalera.
—Sube por el sobre.
Mi teléfono vibró dentro del bolso.
El mensaje de Tomás decía:
“Suspensión aprobada.
Llegamos a las ocho.
No firme nada.”
Miré el reloj.
7:49.
—No subiré.
Ernesto frunció el ceño.
—¿Quieres que repita la lección?
—No vas a volver a tocarme.
Adrián dejó escapar un silbido burlón.
—Qué valiente.
Yo mantuve la mirada en Ernesto.
—Once minutos.
—¿Qué?
—Nada.
A las ocho en punto sonó el timbre.
Adrián abrió.
Entraron Tomás, una auditora llamada Marcela Núñez y un notario.
Mi madre palideció en cuanto vio al administrador.
—¿Qué hace usted aquí?
Tomás cerró la puerta.
—Atender una solicitud formal de protección del fideicomiso Elena Salvatierra.
Ernesto soltó una carcajada.
—No sé de qué está hablando.
Marcela sacó un documento.
—Desde las cinco cuarenta y dos de esta tarde, las cuentas vinculadas a Inmobiliaria Valle Norte y los bienes registrados bajo el fideicomiso quedan sujetos a restricción temporal mientras se realiza una auditoría.
—Esas cuentas son mías —dijo Ernesto.
Tomás lo corrigió sin elevar la voz.
—Usted las administra de facto.
No le pertenecen.
Mi madre giró hacia mí.
—¿Qué hiciste?
—Pregunté.
El rostro de Verónica cambió.
—No sabes en qué te estás metiendo.
—Entonces explícame la transferencia de cuatro millones después de que la abuela fue declarada incapaz.
Adrián se incorporó.
—¿Qué cuatro millones?
Ernesto le lanzó una mirada.
—Cállate.
—¿Cuatro millones de dónde?
Marcela habló.
—De una cuenta fiduciaria destinada a la protección de los beneficiarios.
Mi hermano miró a mi madre.
—¿Tú sabías?
Verónica respiró hondo.
—Ese dinero se utilizó para el negocio familiar.
—¿Qué negocio familiar? —pregunté—.
Ernesto siempre dijo que todo lo había construido él.
Por primera vez, mi padrastro pareció perder el control de la conversación.
—Porque lo construí.
Tomás abrió otra carpeta.
—Entonces tendrá oportunidad de demostrarlo.
Ernesto avanzó hacia mí.
—Dame lo que encontraste.
Tomás se interpuso.
—No vuelva a tocarla.
Ernesto apretó la mandíbula.
—Está en mi casa.
—No —dijo Tomás—.
Esta casa pertenece al fideicomiso.
Nunca olvidaré la expresión de Ernesto en ese momento.
Fue como si alguien hubiera apagado el ruido dentro de él.
Adrián se dejó caer en la silla.
—¿Entonces ni siquiera la casa es nuestra?
Mi madre lo fulminó con la mirada.
—No digas tonterías.
Tomás me observó unos segundos y luego abrió su portafolio.
—Hay algo más.
Sacó un sobre amarillento.
Mi nombre estaba escrito al frente con la letra de mi abuela.
—Elena me ordenó entregar esto únicamente si usted cuestionaba formalmente el manejo del fideicomiso.
Mi madre se levantó bruscamente.
—No.
Todos la miramos.
Era la primera vez en mi vida que escuchaba auténtico miedo en su voz.
Tomás me entregó el sobre.
Dentro había una carta, una fotografía y una pequeña llave.
Abrí la carta.
“Camila: si lees esto, significa que tu madre volvió a hacer aquello que juró no repetir.”
Levanté la mirada.
—¿Qué hiciste antes?
—Tu abuela estaba enferma —dijo mi madre—.
Escribía cosas sin sentido.
Tomás negó lentamente.
—La carta fue certificada seis años antes de su enfermedad.
Mi madre se quedó muda.
Seguí leyendo.
Mi abuela describía un episodio ocurrido cuando yo tenía siete años.
Mi padre biológico, Mauricio, no había abandonado a la familia como siempre me contaron.
Había descubierto que Verónica estaba utilizando dinero de