La niña de la lluvia conocía el secreto que podía hacer caminar a las gemelas

imposibles.

Odiaba las aceitunas.

Leía novelas de misterio debajo de las cobijas.

Y durante las primeras semanas escondía pan en su mochila porque todavía no confiaba en que al día siguiente habría comida.

Tomás aprendió a no preguntarle por qué cada vez que encontraba un pedazo de pan.

Simplemente le recordaba dónde estaba la cocina.

Casi un año después de aquella mañana lluviosa, Nadia pasó oficialmente a formar parte de la familia mediante el proceso legal correspondiente.

Para entonces Alma caminaba con apoyo ligero.

Vera podía cruzar una habitación sin silla, aunque todavía la utilizaba en días de fatiga o estrés.

Nadie volvió a hablar de milagros.

Una tarde, Tomás encontró a las tres niñas en el jardín.

Nadia había construido un molino de papel enorme con cartulina verde.

Alma lo sostenía mientras Vera intentaba correr lo suficiente para hacerlo girar.

—¡Más rápido! —gritó Nadia.

—¡Estoy yendo rápido! —protestó Vera entre risas.

Tomás se quedó en la puerta.

Durante mucho tiempo había pensado que recuperar a su familia significaba devolverla exactamente al punto anterior a la muerte de Isabel.

Ahora comprendía que eso era imposible.

La recuperación no borraba lo sucedido.

Construía algo nuevo alrededor de la herida.

Nadia fue la primera en verlo.

—Tomás, venga.

Aún no lo llamaba papá.

Él nunca se lo había pedido.

—¿Para qué?

—Necesitamos viento.

Tomás caminó hacia ellas.

Alma levantó el molino.

Vera contó:

—Tres, pausa, dos.

Las cuatro soplaron al mismo tiempo.

El papel comenzó a girar.

Y durante unos segundos, bajo la misma melodía que Isabel había inventado años atrás, nadie en aquella familia miró hacia lo que había perdido.

Miraron hacia adelante.

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