ella.
—Acércate lo suficiente para soplarlo.
—Está muy lejos.
—Entonces decide cuánto quieres acercarte.
Alma apoyó ambas manos sobre los brazos de su silla.
Tomás quiso ayudarla.
Nadia lo detuvo con una mirada.
Las piernas de Alma temblaron.
Sus brazos se tensaron y sus caderas se elevaron apenas del asiento.
Duró menos de dos segundos.
Cuando volvió a caer, Tomás sintió lágrimas en los ojos.
—Alma…
Su hija estaba riendo.
—Me levanté.
No había caminado.
No estaba curada.
Pero había hecho algo que llevaba meses negándose incluso a intentar.
Vera, en cambio, miraba a Nadia con miedo.
—¿Mamá te dijo cómo hacer eso?
Nadia guardó el molino.
Después sacó de debajo de su sudadera una pequeña llave de latón colgada de un cordón.
—Su mamá me pidió que les enseñara el juego si algún día las encontraba.
Tomás sintió que el aire cambiaba.
—¿Cuándo?
Nadia sostuvo la llave entre dos dedos.
—Seis días después del accidente.
Tomás quedó inmóvil.
—Isabel murió esa misma noche.
—No.
La voz de Nadia fue baja.
—Sobrevivió casi una semana.
Vera comenzó a llorar.
Nadia miró a Tomás.
—Y dijo que el choque no había sido un accidente.
La primera reacción de Tomás fue ira.
Acusó a Nadia de mentir.
Preguntó quién le había pagado y exigió saber quién estaba detrás de ella.
Nadia soportó todo sin levantar la voz.
Cuando terminó, abrió su mochila y sacó un cuaderno cubierto por una bolsa de plástico.
—Mi abuela escribió esto.
Rosa Mejía había administrado durante años una pequeña cocina junto a la carretera vieja de San Jerónimo.
La noche del accidente, dos campesinos encontraron a Isabel Ferrer cientos de metros más abajo del lugar donde apareció el vehículo.
Había atravesado una zona de vegetación y terminado cerca de un brazo del río.
Estaba gravemente herida pero viva.
Los hombres la llevaron hasta la cocina de Rosa mientras intentaban conseguir ayuda.
Las lluvias habían bloqueado parte de la vía.
Durante los días siguientes, Isabel alternó periodos de conciencia con largas horas de fiebre.
Cuando pudo hablar, pidió un teléfono.
Rosa intentó llamar a emergencias varias veces.
Al segundo día apareció una camioneta negra.
Un hombre aseguró que trabajaba para Tomás Ferrer.
—Mi abuela no confió en él —explicó Nadia—.
Quiso llevarse a Isabel antes de que llegara una ambulancia.
—¿Cómo era?
—Alto.
Canoso aquí.
Nadia tocó sus sienes.
—Y tenía una cicatriz junto a la oreja izquierda.
Vera dejó escapar un sonido ahogado.
—Tío Gabriel.
Gabriel Serrano era primo de Tomás y director financiero del Grupo Ferrer.
También era el hombre que había organizado el funeral de Isabel mientras Tomás permanecía encerrado con sus hijas.
—Eso no demuestra nada —dijo Tomás.
Pero su voz ya no tenía la misma fuerza.
Nadia abrió el cuaderno de Rosa.
Había fechas, nombres y frases escritas a mano.
Una aparecía tres veces:
Que Tomás no vaya contra Gabriel.
Que abra primero el casillero.
Que vea las cuentas.
Que proteja a las niñas.
Alma se aferró a la mano de Vera.
Entonces Vera confesó algo que llevaba casi dos años guardando.
La mañana del accidente había escuchado a Isabel discutir con Gabriel en el despacho de la casa.
No entendió la conversación completa, pero recordó una frase de su madre.
—No voy a permitir que sigas robándole a Tomás.
Después del accidente,