Elena permaneció en la sala, hojeando un álbum.
Hasta que recordó que había dejado sus gafas en una mesa cerca de la puerta.
Se levantó.
La puerta estaba entreabierta.
Escuchó la voz de Óscar.
—No podemos seguir esperando.
La oferta vence este mes.
—Lo sé —dijo Verónica—.
Pero si la presionamos demasiado puede sospechar.
Lucía habló más bajo.
—¿No basta con el poder que firmó cuando entró aquí?
—Para algunas cosas sí.
Para vender esos lotes, no estoy segura.
Elena se quedó quieta.
Los lotes.
Verónica continuó:
—Tenemos que conseguir una autorización más amplia.
Si alguien le explica cuánto valen ahora, puede cambiar de idea.
Óscar soltó un suspiro.
—Mamá no entiende negocios.
—Exactamente —respondió Verónica—.
Por eso conviene cerrar antes de que alguien le meta ideas.
Elena sintió algo extraño.
No fue rabia.
La rabia llegó después.
Primero sintió vergüenza.
Durante meses había defendido a sus hijos frente a Camila, frente a otros residentes y frente a sí misma.
Había repetido que estaban ocupados.
Que tenían responsabilidades.
Que la querían aunque no pudieran ir.
Ahora comprendía que los tres conocían el valor de unas propiedades que ella nunca les había revelado.
Y que habían encontrado tiempo para reunirse justo cuando necesitaban su firma.
Retrocedió antes de que regresaran.
Cuando Verónica entró con una carpeta azul, Elena ya estaba sentada.
—Mamá, aprovechando que estamos aquí, quería pedirte una firma.
—¿Para qué?
—Solo administración.
Cosas de la casa, impuestos, cuentas… para que no tengas que preocuparte.
Elena tomó los documentos.
Pasó una página.
Luego otra.
—Los revisaré mañana.
Verónica se tensó.
—No hace falta.
Es algo estándar.
—Entonces no habrá problema en esperar.
Óscar intervino.
—Tenemos poco tiempo.
Elena alzó la mirada.
—Yo también tenía poco tiempo el día de mi cumpleaños.
El silencio fue inmediato.
Lucía bajó los ojos.
Elena cerró la carpeta.
—Déjenla conmigo.
Sus hijos se fueron una hora después sin la firma.
Esa noche, Elena no pudo dormir.
A las dos de la madrugada salió al pasillo.
Camila estaba terminando un informe en recepción.
—¿Necesita algo?
—Quiero hacer una llamada.
Camila le acercó el teléfono.
Elena marcó un número que sabía de memoria.
Contestó un hombre con voz somnolienta.
—¿Sí?
—Arturo.
Soy Elena Santamaría.
Hubo un movimiento al otro lado.
—Doña Elena, ¿ocurrió algo?
Arturo Beltrán era hijo del notario que décadas atrás le había aconsejado aceptar los terrenos.
Con el tiempo se había convertido en su abogado y asesor patrimonial.
—Necesito saber dos cosas —dijo Elena—.
Primero: cuánto valen mis terrenos hoy.
Arturo guardó silencio.
—Hay una oferta reciente.
—¿Cuánto?
—Cerca de tres millones de dólares.
Elena cerró los ojos.
—¿Y mis hijos conocen esa oferta?
Otra pausa.
—La empresa interesada contactó hace meses a una firma inmobiliaria vinculada con Verónica.
Pensé que ella se lo habría contado.
Elena sintió frío.
—No.
—Doña Elena…
—Segunda pregunta.
¿El poder que firmé al entrar aquí les permite vender?
—No los terrenos.
Pero podrían intentar ampliarlo si usted firma documentos adicionales.
Elena miró la carpeta azul que había dejado sobre el mostrador.
—Entonces quiero revocar todo poder anterior.
—¿Está segura?
—Sí.
Luego agregó:
—Y quiero revisar mi testamento.
Arturo llegó a Los Olivos a las ocho y media de la mañana acompañado por una notaria.
Antes de las diez, el poder quedó revocado.
A las diez y cuarto, Verónica