La abandonaron tras el parto, sin saber quién era realmente su familia

cabeza.

—No.

Por primera vez está completamente claro.

Miró a Claudia.

—¿Sebastián firmó alguno de esos contratos?

Claudia sostuvo su mirada.

—Dos.

El rostro de Sebastián se vació.

—Eran documentos rutinarios.

—¿Y los pagos?

—Finanzas los procesaba.

—¿Y la empresa de tu padre?

—No es de mi padre.

—Claudia acaba de decir que está vinculada a su socio.

—Eso no prueba nada.

Octavio intervino.

—Lo determinará una auditoría.

Sebastián miró a Lucía.

—¿Vas a destruir mi carrera por una pelea de pareja?

Aquella frase terminó de romper algo dentro de ella.

—No, Sebastián.

Tú estás intentando convertir una investigación financiera en una pelea de pareja para no hablar de lo que hiciste.

Él se acercó a la cama.

—Piensa en Emilia.

Lucía sintió una calma extraña.

—Eso estoy haciendo.

Beatriz señaló a la bebé.

—Ni siquiera sabemos si…

—Termine esa frase —dijo Claudia.

Beatriz se calló.

Lucía abrió el cajón de la mesa y sacó un sobre.

—Curiosamente, yo también tenía algo preparado.

Sebastián frunció el ceño.

—¿Qué es eso?

—Un resultado genético prenatal.

Beatriz abrió la boca.

Lucía continuó antes de que pudiera hablar.

—Lo hice hace dos meses porque recibí mensajes anónimos diciendo que, después del nacimiento, intentarían cuestionar la paternidad de Emilia.

Sebastián miró a su madre.

Lucía vio el miedo aparecer entre ellos.

—Los mensajes incluían detalles privados sobre mi embarazo.

Horarios médicos.

Fechas.

Lugares.

Claudia extendió la mano.

—Tenemos copias y metadatos.

—El resultado confirma que Sebastián es el padre —dijo Lucía—.

Pero eso ya no es lo más importante.

Beatriz retrocedió.

—Esto es ridículo.

—Lo importante es que alguien trató de preparar una narrativa para desacreditarme justo cuando Sebastián estaba averiguando qué recibiría en un divorcio.

El silencio se volvió pesado.

Sebastián se sentó.

Por primera vez parecía realmente asustado.

—Yo no mandé esos mensajes.

Lucía lo estudió.

Le creyó.

No porque confiara en él, sino porque conocía su forma de mentir.

Aquello parecía sorpresa genuina.

Entonces todos miraron a Beatriz.

—No me miren así —dijo ella.

Claudia cerró la computadora.

—La investigación determinará el origen.

Beatriz recogió el bolso.

—Nos vamos.

—Sebastián se queda —dijo Lucía.

Él levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Quiero que escuche una última cosa.

Lucía tomó a Emilia con cuidado y la sostuvo contra su pecho.

—Hoy me dejaste aquí porque una cena te pareció más importante.

Pero eso no empezó hoy.

Empezó cada vez que permitiste que tu madre me humillara.

Cada vez que utilizaste mis contactos como si fueran tuyos.

Cada vez que me dijiste que yo exageraba para no asumir responsabilidad.

Sebastián se pasó una mano por el rostro.

—Puedo arreglarlo.

—No.

—Lucía, por favor.

—Lo que puedes hacer es colaborar con la auditoría.

—¿Y nosotros?

Ella miró a Emilia.

Luego a él.

—Nosotros terminamos cuando cerraste esa puerta hace tres horas.

Sebastián no gritó.

Eso habría sido más fácil.

Solo se quedó sentado, entendiendo lentamente que ninguna disculpa recuperaría la versión de Lucía que había tolerado todo.

Durante las siguientes semanas, la auditoría confirmó lo que Gabriel había sospechado.

Roberto Márquez había utilizado dos empresas intermediarias para inflar contratos.

Sebastián había firmado documentos sin preguntar demasiado y había recibido bonificaciones ligadas al rendimiento de proyectos cuyos costos estaban artificialmente elevados.

No se pudo demostrar que hubiera diseñado el esquema, pero sí que ignoró señales evidentes y

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