cosas.
—Claudia —dijo—, creo que estaban preparando algo.
No tardaron mucho en averiguar qué.
Cuarenta minutos después, Sebastián llegó al hospital con Beatriz.
Había dejado a Valeria y al resto de la familia en el restaurante.
Entró sin tocar.
—Tenemos que hablar.
Claudia se interpuso.
—No sin mi presencia.
Sebastián miró a Octavio y perdió parte del impulso con el que había entrado.
Beatriz, sin embargo, parecía preparada.
Llevaba una carpeta beige bajo el brazo.
—Ya que todos están aquí —dijo—, quizá sea el momento de dejar de fingir que Lucía es una víctima.
Colocó la carpeta sobre la mesa.
—Mamá, no —murmuró Sebastián.
Lucía lo oyó.
Aquello significaba que sabía lo que contenía.
—Adelante —dijo ella.
Beatriz abrió la carpeta.
Había fotografías.
Lucía saliendo de un hotel.
Lucía entrando a un restaurante.
Lucía subiendo a un coche negro junto a un hombre alto de barba corta.
Las fechas correspondían a ocho meses atrás.
Cuando Lucía estaba embarazada de pocas semanas.
Beatriz cruzó los brazos.
—Sebastián tenía derecho a saber con quién se veía su esposa.
Claudia tomó una fotografía.
—¿Contrataron a un investigador privado?
—Contratamos a alguien para proteger a mi hijo.
Sebastián miraba el suelo.
Lucía observó la foto más cercana.
Reconoció al hombre inmediatamente.
Gabriel Ibarra.
Abogado penalista.
Y antiguo asesor interno del Grupo Salcedo.
—¿Desde cuándo tienen esto? —preguntó Lucía.
—Meses —respondió Beatriz.
—¿Y qué creen que demuestra?
—No juegues a ser ingenua.
—Quiero escucharlo.
Beatriz levantó la barbilla.
—Que estabas viendo a otro hombre mientras estabas embarazada.
Lucía miró a Sebastián.
—¿Tú también lo crees?
Él dudó.
Ese segundo bastó.
—No sabía qué pensar.
—Entonces preguntaste por las condiciones de mi fideicomiso.
Su cara cambió.
—Eso no tiene relación.
—Tiene toda la relación.
Claudia cerró la carpeta.
—Lucía, necesito hablar contigo en privado.
—No.
Aquí.
La abogada observó a Sebastián.
—Gabriel Ibarra estaba trabajando para Lucía.
Beatriz soltó una risa seca.
—Claro.
Claudia continuó.
—Investigaba desvíos internos en Salcedo Infraestructura.
Sebastián dejó de moverse.
Octavio lo notó.
Lucía también.
Claudia giró la computadora hacia ellos.
—Hace nueve meses detectamos pagos irregulares a tres empresas proveedoras.
Dos parecían empresas fantasma.
Lucía pidió una investigación discreta antes de informar al consejo.
Lucía miró a Sebastián.
—Yo no sabía quién estaba detrás.
Él retrocedió un paso.
—No sé de qué hablas.
—Gabriel sí lo averiguó.
Claudia abrió una carpeta digital.
—Una de las compañías está vinculada a un socio de Roberto Márquez.
El padre de Sebastián.
Beatriz palideció.
—Eso es mentira.
—Hay transferencias, contratos duplicados y facturas alteradas —dijo Claudia—.
El monto preliminar supera los veintidós millones de pesos.
Sebastián miró a su madre.
Ese gesto fue suficiente.
Lucía comprendió que Beatriz también sabía algo.
—¿Por eso me seguían? —preguntó.
Nadie respondió.
—Creían que yo estaba investigando a Sebastián.
Beatriz apretó la carpeta contra el pecho.
—Tú nunca respetaste a esta familia.
—No cambies de tema.
—Nos utilizaste.
Lucía casi no pudo creerlo.
—¿Los utilicé para qué?
Beatriz señaló a Octavio.
—Para hacernos sentir inferiores mientras ocultabas todo esto.
Octavio se levantó lentamente.
—Señora Márquez, su hijo vivió cuatro años con privilegios que provenían de mi nieta mientras ustedes la trataban como si fuera una carga.
Le recomiendo escoger muy bien su siguiente frase.
Sebastián levantó ambas manos.
—Esto se está saliendo de control.
Lucía negó con la