dijo nada.
Buscó otro punto.
Luego colocó un pequeño monitor portátil.
La pantalla registró una línea casi plana interrumpida por una señal débil.
—Tengo actividad.
Laura dejó escapar un sollozo.
—¿Está vivo?
—Pulso extremadamente bajo.
Preparen oxígeno.
Esteban dio un paso hacia la puerta.
Uno de los policías se interpuso.
—Permanezca aquí, señor.
—No tiene derecho a detenerme.
—Todavía no lo estoy deteniendo.
Verónica permaneció inmóvil mientras sacaban a Julián del ataúd.
Por primera vez, su control desapareció.
—Esto no puede estar pasando —susurró.
Laura la escuchó.
También el policía.
En la ambulancia, los médicos administraron ventilación asistida y un fármaco antagonista mientras trataban de identificar la sustancia.
Julián no podía hablar, pero poco a poco recuperó pequeños movimientos.
Primero un dedo.
Después los párpados.
Laura viajaba a su lado.
—Si puedes oírme, aprieta mi mano.
Durante varios segundos no ocurrió nada.
Luego el índice de Julián se cerró apenas sobre su palma.
Laura inclinó la cabeza y respiró hondo para no desmoronarse.
—Te escucho —susurró—.
No tienes que hacer nada más.
En el hospital, los análisis confirmaron la presencia de una sustancia paralizante de acción prolongada combinada con un sedante que reducía la actividad cardiovascular.
El doctor Salcedo llegó media hora después, pálido y confundido.
—Yo comprobé ausencia de respuesta, ausencia de pulso palpable… —repetía.
La jefa de urgencias lo interrumpió.
—¿Usó electrocardiograma?
Salcedo bajó la mirada.
—No.
—¿Monitor continuo?
—No.
—¿Cuánto tiempo observó al paciente antes de certificar?
—Aproximadamente cinco minutos.
Laura cerró los ojos.
No parecía que el médico hubiera participado en el plan.
Parecía, más bien, haber sido manipulado por una presentación cuidadosamente construida.
Sin embargo, la policía no dio nada por sentado.
Registraron la casa de Julián y Verónica esa misma noche.
En el cajón inferior del escritorio de Esteban encontraron copias de transferencias proyectadas y borradores para vender activos de Salvatierra Desarrollos después del fallecimiento de Julián.
En el teléfono de Verónica aparecieron mensajes eliminados recuperados por los peritos.
No decían directamente que planeaban matarlo.
Pero hablaban de horarios.
De dosis.
De una ventana de doce horas.
Y de la necesidad de que no hubiera autopsia.
La pieza más importante llegó dos días después.
Julián ya podía mover las manos y hablar con dificultad.
Laura estaba sentada junto a la cama cuando él abrió los ojos completamente por primera vez.
—Lau…
Ella se levantó de inmediato.
—Aquí estoy.
—Los escuché.
Laura se quedó quieta.
—¿A quiénes?
—A Verónica… y a Esteban.
Las palabras salían despacio.
—Dentro… del ataúd.
Laura tomó su mano.
—No tienes que contarme ahora.
—Sí.
Julián cerró los ojos, reuniendo fuerzas.
—Quiero recordarlo todo.
Durante la siguiente hora relató la conversación que había escuchado: la cremación, el dinero, la finca, la dosis.
La policía grabó una declaración formal al día siguiente.
Verónica fue arrestada cuando intentaba salir de la ciudad hacia Puerto Vallarta.
Esteban fue detenido en su departamento.
Ambos negaron haber intentado matar a Julián.
Según Esteban, el compuesto encontrado era parte de una inversión en una empresa farmacéutica y había llegado accidentalmente al vehículo.
Según Verónica, los mensajes sobre una dosis se referían a medicamentos que ella misma tomaba.
La explicación se derrumbó cuando los investigadores revisaron las cámaras de seguridad de la casa.
A las 10:43 de la noche, Verónica aparecía entrando al estudio con una taza.
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