carpeta de su investigación que había dejado en el estudio.
«¿Entraste aquí?», preguntó a Gabriel.
Él levantó la vista del teléfono.
«Buscaba un recibo».
«Mis documentos estaban movidos».
«Valeria, no todo es una conspiración contra tu tesis».
Ella dejó pasar el comentario.
Era la víspera de la defensa.
No tenía energía para otra pelea.
Terminó de revisar su presentación cerca de las once y media de la noche.
Ensayó mentalmente la respuesta a tres preguntas difíciles del comité y fue a la cocina por agua.
Allí encontró a Gabriel y a Ofelia hablando en voz baja.
Sobre la mesa estaba la carpeta azul que contenía la copia definitiva de su tesis, sus identificaciones y varias autorizaciones académicas.
Ambos callaron al verla.
«¿Qué hacen con mis documentos?»
Ofelia colocó una mano encima de la carpeta.
«Evitar que cometas un error».
Valeria sintió un escalofrío.
«Dámela».
«Mañana no vas a ir».
Por un instante Valeria creyó haber escuchado mal.
«¿Cómo dices?»
Gabriel se puso de pie.
«Necesitamos hablar».
«Podemos hablar después de mi defensa».
«Ese es el problema», respondió él.
«Siempre hay algo después.
Una entrega.
Una conferencia.
Un artículo.
Otra reunión».
Valeria se acercó a la mesa.
«Llevo nueve años trabajando para mañana».
«Y yo llevo seis años esperando a que nuestra vida empiece».
«Nuestra vida ya empezó».
Gabriel soltó una risa breve, sin humor.
«Para ti, tal vez».
Ofelia empujó la carpeta hacia su hijo.
«Una esposa no debería necesitar demostrar que es más inteligente que su marido».
Valeria miró a Gabriel esperando que, por fin, contradijera a su madre.
Él permaneció callado.
Aquello la hirió de una forma inesperada.
«¿Eso piensas?»
Gabriel apretó la mandíbula.
«Pienso que has cambiado».
«No.
Estoy terminando exactamente lo que estaba haciendo cuando me conociste».
Tomó la carpeta.
Ofelia la sostuvo del otro extremo.
«Suéltala», dijo Valeria.
«No vas a salir mañana a hacer quedar a mi hijo como un mediocre».
Valeria tiró de la carpeta y logró recuperarla.
«El título que yo obtenga no le quita nada a Gabriel».
Intentó salir de la cocina.
Gabriel se interpuso.
«No conviertas esto en algo peor».
«Hazte a un lado».
«Valeria».
«Hazte a un lado».
Cuando intentó pasar, él le tomó el brazo.
No fue un golpe.
No necesitó serlo.
La presión de sus dedos fue suficiente para que Valeria comprendiera que la discusión acababa de cruzar una frontera.
«Suéltame».
Gabriel no la soltó.
Entonces vio a Ofelia recoger unas tijeras grandes que habían quedado sobre la encimera después de abrir un paquete.
Valeria apenas alcanzó a girarse.
Sintió el tirón en la nuca.
Luego escuchó el corte.
Un mechón de cabello cayó sobre el piso blanco.
Durante un segundo nadie habló.
Valeria llevó una mano a su cabeza.
«¿Qué hiciste?»
Ofelia levantó de nuevo las tijeras.
«Tal vez así entiendas que mañana no puedes presentarte delante de nadie».
Gabriel seguía sujetándola.
Esa imagen quedaría grabada en Valeria: su esposo mirando a su madre levantar las tijeras y decidiendo no impedirlo.
El segundo corte fue más alto.
Valeria reaccionó.
Le dio un golpe a la muñeca de Ofelia, se liberó de Gabriel y corrió hacia el baño.
Cerró con llave.
Afuera comenzaron los gritos.
«¡Abre!»
«¡Nadie quiso hacerte daño!»
«¡Estás exagerando!»
Valeria miró el espejo.
Un lado del cabello conservaba su longitud.
El otro terminaba irregularmente