La niña no le pidió dinero al hombre más rico que había visto en su vida.
Lo miró debajo de la lluvia y le hizo una pregunta que Tomás Ferrer llevaba veinte meses evitando.
—¿Por qué sigue dejando que sus hijas crean que sus piernas están muertas?
Tomás se detuvo a medio camino entre la salida de la Clínica Monteluna y el automóvil que lo esperaba junto a la acera.
Su chofer abrió la puerta trasera, pero él ni siquiera lo vio.
La niña estaba bajo el toldo roto de una farmacia, a unos quince metros.
Tendría once años.
Llevaba una sudadera amarilla demasiado grande, una mochila remendada y varios molinos de papel sujetos entre los dedos.
Tomás habría seguido caminando de no ser por la melodía que la niña había estado silbando justo antes de hablarle.
Tres notas.
Una pausa.
Dos notas.
La casa del viento.
Isabel había inventado aquella melodía cuando sus gemelas eran bebés.
No estaba en Spotify, no figuraba en ninguna grabación familiar y ni siquiera tenía letra.
Era una pequeña secuencia musical que ella tarareaba cuando Alma o Vera tenían miedo.
Isabel llevaba muerta veinte meses.
—¿Quién te enseñó esa canción? —preguntó Tomás.
La niña lo observó sin acercarse.
—Una señora llamada Isabel.
Tomás sintió primero una punzada de dolor y después una oleada de sospecha.
La tragedia había convertido su apellido en carnada para oportunistas.
Habían aparecido supuestos médiums, curanderos, investigadores privados y desconocidos que aseguraban poseer información sobre el accidente.
Tomás había aprendido a cerrar la puerta antes de escuchar la segunda frase.
—Isabel Ferrer murió hace casi dos años.
—Lo sé.
—Entonces dime qué quieres.
—Encontrarlo.
—Ya me encontraste.
—No.
Encontrarlo de verdad.
Llevo tres semanas viniendo a esta clínica porque una señora del puesto de periódicos dijo que sus hijas venían aquí los martes.
Tomás examinó el rostro de la niña.
No parecía nerviosa.
Tampoco impresionada por el traje, el automóvil blindado o los hombres de seguridad que comenzaban a observarla.
—¿Cómo te llamas?
—Nadia Mejía.
—¿Y cómo conociste a mi esposa?
Nadia apretó la mandíbula.
—Ella conoció a mi abuela primero.
Tomás hizo un gesto al jefe de seguridad para que se mantuviera atrás.
—Habla.
—Su esposa dijo que Alma guardaba botones rojos dentro de una taza azul porque pensaba que daban suerte.
También dijo que Vera se escondía debajo de las mesas cuando tronaba aunque fingía que no le daban miedo las tormentas.
La expresión de Tomás cambió.
La taza azul estaba todavía en el segundo cajón del dormitorio de Alma.
Vera continuaba escondiéndose bajo la mesa del comedor cada vez que un trueno hacía vibrar los ventanales.
Eran detalles insignificantes.
Precisamente por eso resultaban imposibles de explicar.
—¿Qué más te dijo?
—Que si algún día lograba encontrarlo, no debía empezar hablando del accidente.
—¿Por qué?
Nadia miró hacia la clínica.
—Porque usted se enfada antes de escuchar.
Tomás habría sonreído si la frase no hubiera sonado exactamente como algo que Isabel habría dicho.
Veinte meses antes, Isabel conducía sola por una carretera de montaña cuando su automóvil atravesó una barrera y cayó por una ladera.
Las gemelas habían viajado con ella hasta una casa de campo esa mañana, pero, por un cambio de planes, regresaron a Bogotá con un conductor de la familia varias horas antes del accidente.