abogada penalista conocida por investigar delitos financieros complejos.
—Si estoy equivocada, habré gastado dinero para descubrir que mi familia es manipuladora —le dijo Valeria en la primera reunión—.
Si tengo razón, necesito pruebas antes de que sepan que sospecho.
Jimena no sonrió.
—¿Temes que puedan hacerte daño?
Valeria tardó demasiado en responder.
—Temo que necesiten algo de mí.
Instaló dos cámaras pequeñas en su apartamento.
Una enfocaba la entrada.
Otra cubría la cocina y el comedor.
También compró un dispositivo médico que podía enviar alertas automáticas a Jimena y a una enfermera privada si detectaba una caída brusca en sus constantes vitales.
Luego esperó.
Teresa apareció un sábado por la noche.
Llevaba horchata en una botella de vidrio.
—La preparé como cuando eras niña —dijo.
Valeria recordó perfectamente aquella escena mientras permanecía inmóvil en la cama del hospital.
Su madre había servido dos vasos, pero solo bebió de uno.
El de Valeria tenía un sabor intensamente dulce y, debajo de la canela, una nota amarga.
Valeria dejó el vaso sobre la mesa.
—¿No te gusta?
—Está fuerte.
—Siempre te gustó así.
Teresa la observaba demasiado.
Valeria entendió que aquella noche no podía fingir prudencia.
Si rechazaba la bebida, su madre sabría que sospechaba.
Tomó tres sorbos.
Después fingió cansancio.
Cuando Teresa se marchó, Valeria intentó llamar a Jimena.
No llegó al teléfono.
La habitación empezó a girar.
Sus piernas cedieron.
La última imagen que vio fue la luz del refrigerador abierta y el vaso todavía sobre la mesa.
La alerta biométrica se activó a las 11:43 de la noche.
Una ambulancia llegó dieciséis minutos después.
Pero alguien había llegado antes.
Teresa.
La grabación de la cámara mostraría posteriormente que regresó al apartamento usando una llave antigua.
Entró, vació la botella de horchata en el fregadero y se llevó el vaso de Valeria.
Lo que no sabía era que la cámara registró cada movimiento.
Tampoco sabía que Valeria había guardado una muestra de la bebida en un pequeño frasco antes de caer.
En el hospital, Arturo seguía presionando al doctor Leal.
—Usted entiende lo que está en juego —dijo—.
Podemos compensar cualquier inconveniente administrativo.
El médico levantó la mirada.
—¿Me está ofreciendo dinero?
—Le estoy pidiendo que tenga perspectiva.
Teresa intervino.
—Nicolás se está muriendo.
Valeria vive sola.
No tiene hijos.
Nunca quiso formar una familia.
Si alguien debe sobrevivir…
El doctor Leal cerró la carpeta.
—No voy a discutir el valor de una vida frente a una paciente viva.
Arturo dio un paso hacia él.
La puerta se abrió antes de que pudiera responder.
Jimena Salcedo entró acompañada por un agente de policía.
Vestía un traje gris oscuro y llevaba una tableta bajo el brazo.
—Excelente decisión, doctor —dijo—.
Porque cualquier procedimiento realizado esta noche quedará bajo investigación penal.
Teresa se volvió bruscamente.
—¿Quién es usted?
—La representante legal de Valeria.
Arturo palideció apenas.
—Valeria está inconsciente.
—Eso no anuló el poder que firmó hace tres meses.
Jimena miró la cama.
Valeria mantuvo los ojos cerrados.
—Además —continuó—, tenemos razones para creer que la paciente fue intoxicada deliberadamente.
Teresa soltó una risa breve.
—Eso es ridículo.
—El laboratorio encontró un sedante de uso controlado que Valeria nunca tuvo recetado.
El doctor Leal miró a Teresa.
Ella no respondió.
Jimena sacó el teléfono.
—También tenemos video del apartamento.
La mandíbula de