la escalera.
—Ahí están los recién casados —dijo levantando una copa—.
Pensé que ya se habían olvidado de nosotros.
Puso una mano sobre el hombro de Mateo.
—Cuídala mucho.
Elena siempre ha tenido una imaginación intensa.
Mateo sintió que Elena se tensaba.
Pero esta vez ella no bajó la mirada.
—Estoy perfectamente bien —respondió.
Ramiro la observó apenas un segundo más de lo normal.
Mateo sonrió.
—No te preocupes.
Esta noche hemos hablado muchísimo.
El cambio en el rostro de Ramiro duró menos de un instante.
Pero Mateo lo vio.
A los pocos minutos, Ramiro sacó el teléfono y se alejó del salón.
Mateo recibió una llamada de Valeria.
—Encontré tres empresas conectadas a Beltrán —dijo—.
Una de ellas recibió transferencias desde una fundación familiar.
Otra figura como propietaria de una residencia que coincide con la dirección de la madre de Elena.
—¿La casa está a nombre de una empresa de Ramiro?
—Parece que sí.
Y esta semana movieron casi dos millones entre cuentas relacionadas.
Mateo miró hacia el pasillo por donde Ramiro había desaparecido.
—Está anticipando algo.
Valeria continuó.
—Hay otra referencia.
San Jerónimo.
Mateo se apartó del ruido.
—¿Qué encontraste?
—Una antigua finca agrícola.
Supuestamente transferida hace doce años a una sociedad llamada JRB Patrimonial.
—¿Propietario?
—La sociedad se conecta con Ramiro por dos administradores interpuestos.
Estoy revisando la firma original.
Mateo volvió arriba y se lo contó a Elena.
Ella recordó entonces que su madre había llevado al hotel una caja metálica con documentos familiares.
La caja estaba guardada en una pequeña oficina privada, detrás de la recepción, porque allí también había dejado unas joyas heredadas para la ceremonia.
Fueron hacia esa oficina.
La puerta estaba abierta.
La caja metálica descansaba sobre el escritorio.
Estaba vacía.
Elena se quedó inmóvil.
—Él sabía que esos papeles estaban aquí.
Un golpe resonó en el corredor de servicio.
Mateo salió primero.
Al fondo vio a Ramiro entrar en un ascensor con una carpeta marrón bajo el brazo.
Corrieron.
Mateo alcanzó a detener las puertas antes de que se cerraran.
Ramiro suspiró.
—¿Qué haces?
—Buscar documentos que desaparecieron de una caja que no te pertenece.
—Son papeles de mi hermana.
Elena llegó detrás de Mateo.
—No.
Son de mi abuelo.
Ramiro la miró.
—Sube a tu habitación.
La vieja orden salió de su boca con una naturalidad escalofriante.
Elena respiró hondo.
—No.
Ramiro pareció confundido.
No por la palabra, sino por el hecho de que ella hubiera sido capaz de decirla.
—No conviertas esto en algo desagradable —murmuró.
—Ya lo hiciste tú hace años.
Ramiro apretó la carpeta.
—Todo lo que hice fue mantener unida a esta familia.
Mateo vio a Elena quedarse pálida.
Ramiro también comprendió lo que acababa de decir y cambió rápidamente de tono.
—Me refiero a los negocios.
A las deudas.
A todos los problemas que nadie más quiso resolver.
—Entonces entrega la carpeta —dijo Mateo.
—No tienes autoridad para pedirme nada.
—No.
Mateo miró la cámara instalada sobre el ascensor.
—Pero otras personas sí.
Ramiro siguió su mirada.
El hotel contaba con cámaras de seguridad y, en aquella zona, con micrófonos ambientales destinados a proteger el acceso a las cajas de valores.
Ramiro dio un paso hacia Mateo.
—No sabes qué clase de daño estás causando.
—Esa ha sido tu defensa durante años, ¿verdad? Hacer creer