con una carpeta vieja bajo el brazo.
Se sentó lejos de la cama.
—Mi esposa y yo tuvimos una hija —comenzó—.
O nos dijeron que la tuvimos durante unas horas.
Le contó todo.
No dramatizó.
No necesitaba hacerlo.
Cuando terminó, Lucía permaneció callada mirando a su hijo.
—¿Cree que yo soy esa niña?
—Creo que hay suficientes coincidencias para investigarlo.
Nada más.
—¿Por el mechón de mi bebé?
—Por eso, por la forma de su oreja y por su fecha de nacimiento.
Lucía soltó una risa breve y nerviosa.
—Millones de personas nacieron ese día.
—Lo sé.
—Y yo no tengo el cabello blanco.
—¿Nunca lo tuvo?
Lucía iba a negar con la cabeza, pero se detuvo.
Recordó una fotografía de sus primeros años.
En ella tenía el cabello oscuro excepto por una pequeña franja clara sobre la frente.
Una de sus madres de acogida le había dicho que era una mancha de nacimiento y que con el tiempo casi había desaparecido.
Lucía sintió que las manos se le enfriaban.
—Tengo mis documentos en casa.
—No hace falta decidir nada hoy.
Ella lo miró directamente.
—Quiero decidir hoy.
Aquella respuesta cambió la expresión del médico.
Lucía había pasado demasiada parte de su vida esperando que otras personas decidieran qué información merecía conocer.
Esta vez no lo permitiría.
Pidió a una vecina que entrara a su apartamento y buscara la carpeta azul del armario.
La mujer llegó al hospital esa misma noche.
Lucía extendió los documentos sobre la mesa auxiliar.
Esteban los revisó sin tocar al principio.
La constancia de nacimiento indicaba Villa María.
Una anotación escrita a máquina informaba que la recién nacida había sido trasladada a un hogar temporal cuatro días después.
Y al final aparecía una firma.
Marta Gálvez.
Esteban se levantó tan rápido que la silla rozó el suelo.
—¿Qué pasa?
—Marta Gálvez era la jefa de neonatología de Santa Beatriz cuando nació mi hija.
Lucía volvió a mirar el papel.
—Entonces ¿por qué aparece en un documento de otra ciudad?
—Eso es exactamente lo que quiero saber.
A la mañana siguiente solicitaron una prueba de parentesco a través de un laboratorio independiente.
Esteban insistió en pagarla.
Lucía se negó.
—La mitad cada uno.
—Lucía…
—Si sale que no somos familia, no quiero deberle nada.
Y si sale que sí… tendremos problemas más importantes que discutir el precio.
Por primera vez desde que comenzó todo, Esteban sonrió.
La prueba tardaría varios días.
Pero antes de que llegara el resultado ocurrió algo inesperado.
Esteban apareció en la habitación con un sobre amarillento.
—Encontré esto hace tres meses —dijo.
Clara había muerto seis años antes.
Esteban había tardado mucho tiempo en reunir fuerzas para vaciar el último armario de la casa donde habían vivido juntos.
Detrás de un cajón encontró una carta doblada.
El remitente era Marta Gálvez.
La carta tenía veinte años.
Clara jamás se la mostró.
Esteban la había leído tantas veces que podía repetirla casi de memoria.
Marta pedía perdón por lo ocurrido en 1998.
Decía que había participado en una falsificación de registros bajo presión del director de la clínica.
Afirmaba que varios recién nacidos habían sido inscritos con datos falsos y trasladados mediante intermediarios que aprovechaban vacíos en los controles de adopción.
Pero una frase era diferente a las demás.
«Su hija no murió