Lo primero que Valeria Cárdenas escuchó al recuperar la conciencia fue a su padrastro negociando su muerte.
—Antes del amanecer sería mejor —dijo Arturo Barragán en voz baja—.
Si esperan demasiado, el hígado ya no servirá para Nicolás.
Valeria no abrió los ojos.
No movió un dedo.
El tubo del respirador le irritaba la garganta y una presión pesada le aplastaba los brazos contra el colchón, pero su mente estaba despierta.
A pocos pasos de ella, su madre, Teresa, respondió con una serenidad que le resultó más aterradora que cualquier grito.
—Entonces resuélvalo.
No trajimos a Valeria hasta aquí para que todo se detenga por una formalidad.
Una máquina marcaba el ritmo cardíaco de Valeria con una sucesión regular de pitidos.
Bip.
Bip.
Bip.
Aquellos sonidos eran la única prueba visible de que la mujer sobre la cama seguía perteneciendo al mundo de los vivos.
El médico que estaba frente a ellos, el doctor Ernesto Leal, tenía los hombros rígidos.
—No existe diagnóstico de muerte encefálica —dijo—.
Y aunque existiera, hay protocolos obligatorios.
Nadie puede acelerar esto.
Arturo dejó una carpeta sobre la mesa auxiliar.
—Aquí está el consentimiento de donación.
El médico abrió el documento.
Valeria quiso incorporarse.
No pudo.
Pero no necesitaba ver la hoja para saber que era falsa.
Nunca había autorizado a su familia a tomar decisiones médicas por ella.
Mucho menos había consentido donar órganos en vida para salvar a Nicolás.
Su medio hermano llevaba meses enfermo.
Al principio, todos dijeron que era una hepatitis complicada.
Luego hablaron de una insuficiencia hepática acelerada.
Finalmente, la palabra trasplante se volvió parte de cada conversación familiar.
Nicolás tenía treinta y dos años y un talento extraordinario para convertir los problemas en tragedias ajenas.
Durante años había gastado dinero de empresas familiares, perdido automóviles en apuestas, pedido préstamos que otros terminaban pagando y abandonado tratamientos cuando le resultaban incómodos.
Sin embargo, para Teresa, su hijo seguía siendo el centro de la casa.
Valeria, en cambio, era la hija útil.
La que revisaba impuestos.
La que evitaba embargos.
La que descubría errores en contratos.
La que recibía llamadas cuando había una crisis y dejaba de existir en cuanto la crisis desaparecía.
Durante mucho tiempo aceptó ese papel.
Hasta que su madre comenzó a hacer preguntas extrañas.
—¿Sigues siendo O positivo? —preguntó Teresa durante una comida.
Días después, Arturo quiso saber si Valeria tenía algún documento de voluntad anticipada.
Una semana más tarde, Nicolás comentó que los hermanos compartían más cosas de las que imaginaban.
Valeria no respondió.
Pero empezó a investigar.
Había pasado seis años trabajando para una compañía de seguros especializada en fraudes hospitalarios.
Sabía que los delitos médicos rara vez empezaban con una escena espectacular.
Empezaban con pequeñas alteraciones: una fecha corregida, una firma escaneada, una evaluación que aparecía demasiado rápido, una factura emitida por una clínica que el paciente nunca había visitado.
Encontró todo eso alrededor del expediente de Nicolás.
Una consulta privada registrada un domingo.
Dos pruebas de compatibilidad cobradas pero nunca notificadas.
Una evaluación de trasplante realizada antes de que la familia admitiera públicamente que Nicolás necesitaba uno.
Y un nombre repetido en movimientos financieros: doctor Samuel Ibarra.
Valeria conocía ese apellido.
No sabía de dónde.
Lo anotó en una libreta y decidió no confrontar todavía a nadie.
Primero contrató a Jimena Salcedo, una